Teatro San Martín
Crítica de "Manifestum": Marilú Marini y Franco Torchia le ponen el cuerpo a la disidencia
Franco Torchia está de pie frente al público. Marilú Marini entra. Ese movimiento inicial instala dos formas de presencia que Manifestum irá cruzando durante los 65 minutos: la palabra dispuesta a ser dicha y un cuerpo capaz de alterarla. Oria Puppo parte de esa fricción para convertir una conferencia en otra cosa.
La llaman “conferencia performática”, aunque la definición pronto queda corta. Manifestum circula entre teatro, literatura, testimonio, archivo e intervención política sin terminar de pertenecer a ninguno. También visualmente: una plataforma cercada por sogas, mesas, atriles, libros y objetos convive con pantallas donde los rostros se agrandan, se duplican o se deforman. Entre cierto imaginario posmoderno y una distopía construida con palabras, imágenes y clasificaciones, la escena adquiere la forma de un archivo intervenido.
Pero lo que se archiva aquí son, sobre todo, maneras de nombrar los cuerpos. Puppo y Torchia construyen la curaduría a partir de textos y testimonios de María Belén Correa, Esther Díaz, Daniel Link, María Lugones, Marlene Wayar, Javier Sáez, Cande Schamun, Liliana Viola y Alejandro Tantanian, entre otras voces, con dramaturgia de Eugenia Pérez Tomas. Género, sexualidad, identidad, diferencia, normalidad: las palabras reaparecen cargadas por las épocas y los discursos que intentaron establecer qué cuerpos podían ser reconocidos y cuáles quedaban fuera de la norma.
De ahí surge la dimensión queer de Manifestum. No como una consigna agregada a la obra ni como sinónimo de diversidad sexual, sino como una pregunta sobre esas categorías y sobre la violencia que puede esconderse detrás de la necesidad de clasificar. Lo queer está en los testimonios, pero también en el modo en que la puesta los mezcla, los desplaza y evita ordenarlos dentro de una identidad única.
La acumulación podría haber terminado en inventario o documento. No sucede porque esos materiales son sometidos a una segunda escritura: la escena. Y ahí aparece uno de los hallazgos de Manifestum. Una cosa es leer una reflexión sobre género, identidad o diferencia y otra escucharla atravesada por Marini. La literatura abandona la página y se vuelve respiración, pausa, mirada, gesto, humor. Incluso el rostro se independiza del cuerpo: aparece proyectado, multiplicado, convertido en máscara. El yo deja de ser una certeza.
Marini conoce ese territorio. Su cuerpo nunca fue apenas el soporte de un personaje, sino parte de su escritura teatral. Aquí no necesita representar una identidad. Cambia de registro, introduce humor, levanta un cartel, se apropia de una voz ajena, deja que una frase resuene o la contradice con un gesto. La actuación ocurre muchas veces en ese desajuste entre lo que escuchamos y lo que vemos.
Torchia trabaja desde otro lugar. Conserva la marca del periodista, del entrevistador y de quien ha hecho de las sexualidades un campo de intervención pública. La diferencia entre ambos sostiene el dispositivo: Torchia acerca la palabra al documento; Marini la arrastra hacia el teatro. La puesta de Puppo, sin embargo, hace que esas fronteras tampoco permanezcan quietas. Las cámaras devuelven sus imágenes, las proyecciones construyen dobles y los objetos terminan por quebrar la aparente austeridad de la lectura.
Manifestum funciona mejor cuando confía en ese juego y menos cuando se aproxima a la demostración. Un material atravesado por testimonios, identidades y pensamiento sobre las disidencias corre el riesgo de transformar la escena en pedagogía. Cuando el discurso explica demasiado, el teatro retrocede. Cuando irrumpe el humor, una imagen contradice una palabra o un cuerpo se resiste a aquello que pretende nombrarlo, la obra encuentra otra potencia.
Por eso lo performático no funciona como un adorno de la conferencia. Ocurre en la transformación del archivo frente al espectador. Y acaso allí pueda pensarse también su gesto queer: no en decir qué es un cuerpo, sino en poner en duda las palabras que pretenden decidirlo.
Pese a su título, Manifestum no necesita manifestar certezas. Su movimiento va en sentido contrario: muestra cuánto se tambalea el lenguaje cuando intenta fijar una identidad.
Marini había entrado al escenario. Para entonces, clasificarla ya era llegar tarde.