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Crítica de “Nunca debimos entrar / La boca del Diablo", un tiburón que también devora clichés
Nunca debimos entrar (The Devil's Mouth, 2026), cuyo título original se traduce La boca del Diablo, explota una premisa clásica del cine de supervivencia: las consecuencias de la imprudencia de un grupo de jóvenes que, durante sus vacaciones en Tailandia, ignoran todas las advertencias.
Un grupo de amigos junto a un guía turístico —interpretados por Kathryn Newton, Lana Condor, Nico Hiraga, Gavin Casalegno, Tommi Rose y Tayme Thapthimthong— alquila un tour para explorar la majestuosa "Boca del Diablo", un remoto sistema de cuevas submarinas. En su interior los esperan aguas cristalinas, paisajes deslumbrantes y, por supuesto, una gran cantidad de peligros, entre ellos, un tiburón hambriento.
El subgénero de tiburones sigue reproduciéndose con la misma voracidad que los depredadores marítimos devoran a sus víctimas. Poco importa que la realidad indique que los ataques de tiburones son extremadamente infrecuentes: el atractivo de estas producciones nunca fue el realismo, sino ofrecer un entretenimiento sencillo y efectivo. En ese sentido, Nunca debimos entrar promete un placer culposo para los aficionados al terror acuático.
Quienes no disfrutan demasiado la experiencia son los adolescentes en la cueva. Como ocurre desde Martes 13 (Friday the 13th, 1980) y tantos otros exponentes del cine de terror, los jóvenes son castigados por sus excesos. La búsqueda constante de emociones fuertes terminan convirtiéndose en la antesala de una sangrienta carnicería, solo que esta vez el verdugo no empuña un cuchillo, sino un par de mandíbulas.
Los protagonistas desoyen las advertencias sobre los peligros de la cueva, desprecian su historia ancestral e incluso desafían al guía que intenta conducirlos de regreso a la superficie. Esa actitud temeraria termina dejándolos completamente expuestos al gran mamífero acuático.
El principal problema de esta producción dirigida por Jeff Wadlow y con guión de Aja Gabel y Myung Joh Wesner es que nunca termina de funcionar bien en ningún aspecto. No resulta especialmente original, tampoco alcanza a ser realmente aterradora y su cuota de diversión deja mucho que desear.
Su mayor debilidad, sin embargo, está en los personajes. El grupo de adolescentes jamás consigue generar empatía: ninguno posee una personalidad definida ni las relaciones entre ellos despiertan interés. Como consecuencia, la lucha por la supervivencia pierde intensidad dramática y la película termina reducida a una sucesión de jump scares y ataques del tiburón que, aunque cumplen con la cuota de tensión, nunca logran involucrar emocionalmente al espectador.