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Crítica de "Mala bestia": un cuento de hadas oscuro que insinúa más de lo que desarrolla
Algunos cineastas del fantástico y el terror han encontrado en los cuentos infantiles un punto de partida para explorar los miedos más profundos del ser humano. Mala bestia (2026), la ópera prima de Bàrbara Farré, se inscribe en esa tradición con una propuesta que combina drama social y elementos propios de la fábula clásica. Sin embargo, la película no consigue equilibrar el alcance de su planteamiento con el desarrollo de su historia. Tras su paso por el Festival de Málaga, el film ofrece una revisión de los relatos tradicionales desde una perspectiva feminista, siguiendo a Atenea, una adolescente criada en un internado que se resiste a crecer y que, al integrarse en una familia de acogida, desarrolla un impulso protector que la llevará a cruzar determinados límites.
Desde sus primeras escenas, Farré construye un universo reconocible. El internado donde viven las jóvenes, con uniformes blancos que pasan a ser negros al alcanzar la mayoría de edad, remite al imaginario de los cuentos más oscuros, donde el bosque, la torre o el aislamiento funcionan como metáforas del miedo y la transformación. Procedente del ámbito del videoclip, la directora apuesta por una puesta en escena alejada del naturalismo y situada en un espacio casi atemporal, donde la tradición oral convive con códigos contemporáneos. Esa elección visual dota de identidad a la película, aunque el relato no siempre desarrolla con la misma solidez las reglas del mundo que propone.
Gran parte del peso dramático recae en María Schwinning, cuya interpretación sostiene el recorrido emocional de Atenea. La actriz transmite con naturalidad la vulnerabilidad y la determinación de un personaje que nunca se presenta desde categorías simples. Su conflicto nace de las carencias afectivas y del miedo al abandono, elementos que explican muchas de sus decisiones sin necesidad de justificarlas. El guion, sin embargo, no siempre profundiza en esa complejidad. Las escenas relacionadas con el descubrimiento de la sexualidad o la construcción de la identidad apuntan caminos interesantes, pero el conjunto pierde fuerza por un ritmo irregular y por situaciones que terminan resolviéndose de forma demasiado previsible.
Uno de los aspectos más interesantes de Mala bestia reside en la manera en que lo fantástico se convierte en una prolongación del estado emocional de la protagonista. La criatura que da título a la película, junto a símbolos como la menstruación o el huevo roto, responde a una lógica interna vinculada a los temores de la adolescencia, al rechazo y a la necesidad de pertenecer. Esa dimensión simbólica funciona cuando permanece ligada al recorrido de Atenea, pero pierde impacto cuando la narración evita avanzar hacia las consecuencias más incómodas de su planteamiento. En varios momentos, la película parece anunciar un desarrollo más arriesgado que finalmente no llega.
En el apartado técnico, la fotografía contribuye a reforzar la sensación de aislamiento mediante una iluminación contenida y una paleta de tonos apagados. El diseño sonoro acompaña ese clima con discreción, mientras que la música de Raül Refree aporta tensión, aunque en determinados pasajes recurre con insistencia a recursos que terminan perdiendo eficacia. Los espacios también desempeñan un papel narrativo: el contraste entre el internado y la casa de acogida refleja el conflicto permanente entre el deseo de encontrar un hogar y la dificultad para sentirse parte de él.
El principal límite de Mala bestia aparece cuando su ambición simbólica supera la capacidad del relato para desarrollarla. La película plantea cuestiones sobre la construcción de la identidad femenina, la pertenencia y los vínculos afectivos, pero varias de esas ideas permanecen en un plano demasiado abstracto. El universo fantástico que propone nunca termina de definirse del todo. Esa indefinición puede entenderse como una apuesta por la sugerencia, pero también deja la sensación de que faltan piezas para completar el conjunto. Hay conflictos y reglas de ese mundo que reclaman mayor desarrollo para que el espectador pueda implicarse plenamente en la historia.
Bàrbara Farré demuestra sensibilidad para construir atmósferas y una mirada personal sobre el tránsito hacia la madurez. Sin embargo, Mala bestia acaba dejando la impresión de una película que insinúa más de lo que desarrolla. Su mayor fortaleza reside en la creación de un imaginario visual y en la presencia de su protagonista, mientras que su principal debilidad aparece cuando el relato debe convertir ese universo simbólico en una experiencia capaz de sostener toda la carga dramática que promete.