2026-07-06

Netflix

Crítica de "Verano del 36": un crimen para retratar una Francia en transformación

Hay series que utilizan un asesinato para ordenar la historia y otras que lo emplean como una excusa para hablar de algo más amplio. Verano del 36 (L'Été 36, 2026) pertenece a esta segunda categoría. El cuerpo de un fiscal hallado en un hotel de lujo de la Costa Azul pone en marcha la investigación, pero desde los primeros episodios queda claro que el verdadero conflicto no pasa por descubrir al culpable. La serie sitúa la acción en el verano de 1936, cuando las vacaciones pagadas impulsadas por el gobierno del Frente Popular permitieron que miles de trabajadores llegaran por primera vez a un destino reservado hasta entonces para las clases acomodadas. Ese cambio modifica la convivencia, altera jerarquías y convierte cada espacio compartido en un escenario de disputa. El policial nunca desaparece, aunque termina ocupando un lugar secundario frente a ese proceso de transformación social.

Las cuatro protagonistas condensan distintas formas de atravesar ese momento histórico sin convertirse en símbolos evidentes. Julie de Bona interpreta a Blanche, una mujer obligada a sostener una identidad construida sobre las apariencias; Sofia Essaïdi encarna a Eugénie, cuya experiencia refleja el ingreso de la clase trabajadora a espacios históricamente reservados para las élites; Constance Gay da vida a Léonie, una joven policía que enfrenta las resistencias de una profesión dominada por hombres; mientras que Nolwenn Leroy compone a Giulia, un personaje que gana espesor a medida que las distintas tramas comienzan a entrelazarse. La investigación las reúne, pero la serie encuentra mayor interés en aquello que las diferencia: el origen social, las relaciones de poder, el género y las estrategias que cada una desarrolla para abrirse camino en un contexto donde las jerarquías empiezan a resquebrajarse. Esa construcción evita que las protagonistas queden reducidas al papel de sospechosas y convierte el asesinato en una pieza más de un relato coral que privilegia la observación de una sociedad en transformación.

La puesta en escena acompaña esa idea con una reconstrucción de época que nunca parece diseñada únicamente para exhibir vestuario o escenarios. La fotografía aprovecha la luz del Mediterráneo y la amplitud de los espacios abiertos para construir una imagen de bienestar que se resquebraja cada vez que las diferencias sociales irrumpen en el cuadro. Los salones del Hotel Riviera, las playas y los cafés funcionan como lugares donde dos mundos que antes permanecían separados ahora deben convivir. El montaje refuerza esa sensación al interrumpir constantemente la investigación para detenerse en pequeños conflictos cotidianos. Allí aparece uno de los rasgos más interesantes de la serie: el asesinato deja de ser el centro porque la violencia ya estaba presente antes, escondida en relaciones sociales atravesadas por el privilegio y la exclusión.

Ese mismo camino también explica sus límites. Quien espere un thriller de ritmo frenético, donde cada episodio aporte una revelación decisiva, probablemente sienta que la narración pierde impulso. La serie abre múltiples historias familiares, sentimentales y políticas que enriquecen el contexto, pero en algunos momentos dispersan la tensión que había construido el caso policial. No se trata de un problema de duración —sus seis episodios resultan contenidos— sino de una decisión narrativa: el interés está puesto en observar cómo un crimen afecta a una comunidad antes que en convertir la investigación en un juego de pistas.

En ese equilibrio entre el policial y el drama histórico aparece la identidad de Verano del 36. La serie entiende que el asesinato es un disparador y no un fin en sí mismo. Por eso las escenas que permanecen en la memoria no son necesariamente las vinculadas a la resolución del caso, sino aquellas que muestran cómo un derecho conquistado, como las vacaciones pagadas, altera vínculos sociales que parecían inmutables. Allí encuentra una perspectiva propia, aunque el precio sea resignar parte de la intensidad que suele esperarse del género policial.

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