2026-06-26

Raindance Film Festival 2026

Crítica de “Jardines del bosque”: un coming of age que convierte los recuerdos en evidencia

Con reminiscencias de Los mocosos (Les Mistons, 1957) de François Truffaut y Cuenta conmigo (Stand by Me, 1986), la producción mexicana de los hermanos Alex y Diego Barragán construye un sólido coming of age que transforma un recuerdo de infancia en una reflexión sobre cómo la violencia termina moldeando la mirada de toda una generación.

Santos (Maximiliano Nájar), Lechuga (Beto Ramírez) y Daniel (Daphne Méndez) recuerdan el verano de 2014, cuando todavía eran preadolescentes y la desaparición de Arlette (Fiona Palomo), una adolescente de su barrio, alteró para siempre sus vidas. Lo que comienza como una aventura alimentada por la curiosidad y el deseo de jugar a ser detectives deriva lentamente hacia una investigación que los enfrenta con una oscura trama criminal ligada a una realidad que, en México, dejó de ser una excepción para convertirse en parte de la vida cotidiana.

Jardines del bosque aborda ese universo desde la perspectiva de sus protagonistas. Alex y Diego Barragán recuperan la nostalgia de una edad en la que el mundo todavía conserva un halo de misterio y cada descubrimiento parece una aventura. Sin embargo, detrás de esa aparente inocencia los chicos crecen en un contexto donde la violencia ya forma parte del paisaje, aunque todavía no sean capaces de comprender toda su dimensión. La película evita los caminos del thriller o del terror sobrenatural para demostrar que la verdadera amenaza siempre estuvo ahí, en las calles de un barrio de clase media que podría ser cualquier barrio mexicano.

Esa búsqueda de autenticidad también se refleja en la puesta en escena. Las cámaras de los teléfonos y el registro constante de videos caseros funcionan como un recurso narrativo, pero también como una extensión de la memoria. Los protagonistas filman bromas, documentan pistas y registran todo aquello que les despierta curiosidad, construyendo un archivo emocional que refuerza la idea de que la historia es, ante todo, un recuerdo.

Los hermanos Barragán logran una película tierna y melancólica sobre el final de la inocencia, sobre ese instante en el que la imaginación infantil choca por primera vez contra la complejidad moral del mundo adulto. La espontaneidad de Maximiliano Nájar, Beto Ramírez y Daphne Méndez sostiene esa verdad emocional y hace que el relato nunca pierda de vista el asombro propio de la infancia, incluso cuando la historia se vuelve más oscura. Fiona Palomo, por su parte, compone una Arlette cuya presencia resulta tan luminosa como enigmática, convirtiéndose en el motor emocional que impulsa toda la búsqueda.

Es precisamente en su tramo final donde la película se vuelve más ambiciosa. La intención de convertir el relato íntimo en un comentario explícito sobre la realidad social mexicana termina por subrayar ideas que el propio film ya había transmitido con notable eficacia. Porque Jardines del bosque encuentra su mayor fuerza cuando observa a esos tres amigos intentando entender un mundo que los supera; allí, sin discursos ni explicaciones, logra decir mucho más sobre la violencia contemporánea que cualquier alegato.

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