2026-06-24

Salas

Crítica de “Supergirl”: Milly Alcock entre la esperanza y la sombra de Krypton

Cuando una amenaza tan cruel como inesperada golpea su vida de manera personal, Kara Zor-El, Supergirl (Milly Alcock), emprende un peligroso viaje por el espacio en busca de justicia. En el camino deberá aliarse con un compañero tan improbable como indispensable: Lobo, genialmente encarnado por Jason Momoa, dando inicio a una aventura marcada por la venganza, el sacrificio y el descubrimiento de su verdadero destino.

En la dirección de Craig Gillespie queda clara la influencia del western: una chica que vive al margen de la ley, atravesando un difícil momento personal, pero dotada de un poder extraordinario, acude en ayuda de una pequeña en apuros que acaba de sufrir una tragedia a manos de maleantes extremadamente viles. En un principio prefiere desentenderse del asunto y seguir bebiendo en un bar, pero distintas circunstancias terminan empujándolas a emprender juntas un camino de venganza. Más adelante se suman asaltos a trenes —o mejor dicho, a naves espaciales—, escenas en celdas y otros tópicos característicos del género. Todo esto ubica a Supergirl (2026) más cerca de Star Wars (1977) y Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014) que de Superman (2025), siendo este el mayor acierto del director.

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Los recuerdos de Krypton y de su familia son uno de los mejores aportes de la película, ya que introducen elementos nuevos y permiten construir en lugar de recurrir una vez más a los lugares comunes de siempre. También contribuyen a darle una identidad visual propia. Sin embargo, la estética y la personalidad de los villanos resultan el aspecto más flojo del film: se sienten repetitivos, cuentan con escasa profundidad y nunca están a la altura de la protagonista ni siquiera de su mascota, que termina funcionando como una pieza vital para el avance de la trama.

Las interacciones con el Superman de James Gunn son las suficientes para conectar ambas películas sin volverlas dependientes una de la otra. El tono de comedia nunca se vuelve exagerado y, por momentos, la acción toma por completo la pantalla, aunque manteniendo un equilibrio saludable que evita caer en el vacío argumental provocado por la mera acumulación de explosiones. Las secuencias dramáticas tampoco recurren al lugar común en el que suelen quedar atrapadas muchas producciones de este tipo. Por eso, el equilibrio es la palabra que mejor define la experiencia: no arriesga demasiado, pero tampoco pierde en el intento.

El resultado es un entretenimiento sólido para el espectador casual y, al mismo tiempo, una señal alentadora para el fanático de DC, que encuentra aquí un universo con potencial para crecer mucho más si continúa transitando este camino.

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