Sala Lugones - MALBA
Crítica de " La noche está marchándose ya": cuando la vida real y el cine ficcional se toman de la mano por igual
Hace ya varios lustros que el Cine Cordobés (o sea películas hechas en Córdoba por artistas locales) viene gestándose y creciendo ininterrumpidamente y aunque con altibajos, ha ido manteniéndose con el correr del tiempo. En los últimos dos/tres años han vuelto a surgir títulos más que significativos y muy atractivos que pudieron participar de diferentes festivales internacionales y han podido atrapar más de un galardón. Entre ellos podemos destacar tres: las encantadoras, frescas y muy risueñas comedias como El verano más largo del mundo (2024) de María Alejandra Lipoma y Romina Vlachoff y Adiós a las lilas (2025) de Hugo Curletto. También pudimos recibir el drama musical y callejero, La zurda (2025) de Rosendo Ruiz, precisamente el realizador cuya opera prima De Caravana (2010) impulsó toda esta movida cordobesa.
Y precisamente de “la Docta” nos llega ahora una entrañable obra urbana que sin dudas accederá al (¿escalón más alto del?) podio cordobés. La noche está marchándose ya (2025) es la opera prima de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, quienes también se hicieron cargo del guión y el montaje. Esto quiere decir que manejaron el control absoluto de su película. Ya habían codirigido hace unos años el cortometraje Mi última aventura (2021) también en la ciudad de Córdoba y que había despertado el interés de la crítica, la cual ya pregonizaba y ansiaba un largometraje. Claro que en esos quince minutos de recorridas raudas en moto por las calles nocturnas capitalinas, dos marginales apostaban a salvarse de una vez para siempre con un atraco a un jefe de ellos. Pero allí entre birra y faso, la traición llegaría más allá de dichos y silencios.
Los personajes que habitan La noche está marchándose ya se encuentran en el polo opuesto a esos dos rateros. El hábitat principal, central y eje de la película es el Cine Club Municipal (Hugo del Carril en la realidad). Su protagonista es Pelu (el muy solvente Octavio Bertone, quien era el traicionado en el corto antedicho) un operador cinematográfico (o proyectorista, en algunos países de habla hispana se les dice proyeccionista), alguien que sabe del manejo de los proyectores, la selección y el cambio de bobinas de película y el mantenimiento rutinario del equipo de proyección y además debe ser capaz de solucionar cualquier problema que surja durante la exhibición, controlando el sonido, el foco y la iluminación. En esa sala los films son de 35mm, vienen enlatados. Pues bien un día el jefe del Cine Club Municipal les avisa a él y su colega operador que llega el ajuste, algunas reformas, cierra el cine club y se quedarán sin su trabajo. Les cuenta esto mientras engulle unos emparedados y detrás suyo contra la pared hay una imagen gigante de Buster Keaton que los mira. Con cara triste, obviamente sin sonreír.
Aquel le propone a Pelu que puede seguir en el edificio pero como sereno nocturno. De a poco se va amoldando a los nuevos tiempos. Cuando su colega donde vive debe mudarse, se queda sin lugar donde pernoctar, entonces no tiene mejor idea que llevarse un colchón para instalarse en el Cine Club y ponerlo en el backstage, detrás de la pantalla, de manera secreta. Pelu pasa a otro tipo de rutinas. Lleva su cena en bandejita: sanguches de miga y porrón y se sienta en la platea vacía para ver una peli. Mira diversos films como el melodrama Fueros humanos (1933) de Frank Borzage con Spencer Tracy y Loretta Young, o la comedia Nobleza obliga (1935) de Leo McCarey con Charles Laughton o una de aventuras como La bruja roja (1948) de Edward Ludwig con John Wayne y Gail Russell. Y cada film citado tiene algo que decir con los sentimientos y momentos que vive Pelu (Y por extensión muchos de sus coterráneos).
Claro que Pelu le tiende una mano a amigos y personajes del barrio. La crisis ha llegado fuerte. El tiempo es el actual y la cultura no se salva de los recortes. Aparece Vera (Juana Oviedo), una amiga youtuber que suele grabar con el celu escenas de juegos eróticos y el voyerismo con su novio/amante Simón. La triste paradoja es que en la sala que está cerrando, Vera utiliza la luz de una proyección en la gran pantalla, para grabar sus videítos en streaming. Es tic-toc dentro del cine. O en realidad, contra el Cine. Cada quien necesita sobrevivir. Pelu también le da cobijo a José (Rodrigo Fierro) un naranjita -un cuida coches, un trapito- que fue echado por la policía. Y en las butacas viendo una película comparten el último cigarrillo cuando queda uno solo en el paquete. Con el correr de los días se irán sumando otros naranjitas. Y a pesar de los pesares, entre todos reina la confraternidad.
Los directores Salinas y Sonzini son dos verdaderos cinéfilos. Aman ese mundo de ficción y creación que surge desde la gran pantalla blanca. Pero también adoran el lugar donde ésta se encuentra. O sea la sala del cine. Entonces si el arte es necesario para vivir y convivir, para entendernos, para descubrir nuevos mundos y nuevas visiones, el sitio desde donde se expresa también es, de alguna manera, un lugar sagrado. Pueden ser frases sinónimas: el cine dentro del cine y el Cine en el Cine. Ellos mismos han elegido una serie de películas que, con algunos planos en pantalla, o simplemente con el audio de su banda sonora, están conviviendo con sus personajes creados. Hay momentos campestres, porción nacional, intriga, comedia, acción, y drama social. Y allí están presentes extractos de films como Un día en el campo (1936-1946) de Jean Renoir, Los tallos amargos (1956) de Fernando Ayala, El hombre equivocado (1956) de Alfred Hitchcock, Buenos días (1959) de Yasujiru Ozu, Un dólar marcado (1965) de Giorgio Ferroni y Hambre (1966) de Henning Carlsen.
Ellos han decidido también que su personaje protagonista (más cinéfilo que un proyectorista, es difícil empardar) en su rol de cuidador sereno vaya linterna en mano haciendo el recorrido nocturno por pasillos, cuartos, salas varias, bajando y subiendo escaleras, por sótanos, revisando placares, recorriendo largos pasadizos. Se escucha de fondo la banda sonora de un film. El solo hecho de esta caminada, donde también hay sonido de viento, algún ruido extraño, le adosan un clima de thriller de suspenso. Y de puro curioso que es Pelu, llega por los túneles de desagüe hasta el río La Cañada (que queda en realidad a casi tres cuadras del Cine Club). No será ni el final apocalíptico a que nos llevó Richard Chamberlain de la mano de Peter Weir en La última ola (1977), ni el escape para sobrevivir en Brasil que encararon Ricardo Darín y Carolina Papaleo sobre sus bicicletas conducidos por Alberto Lecchi en Perdido por perdido (1993). No esa boca de túnel será la entrada/regreso de los resistentes amigos al Cine. Ni más ni menos.
Hay muchas cosas que nos cuentan además. Con ternura, con énfasis, y sin rodeos. Por ejemplo: a veces la alta tecnología no funciona y un mensaje de amor queda trunco. O cuando como canto de amistad nada mejor que una ronda alrededor de un fuego. Entre canciones (“El tiempo va deprisa, y ese día que soñamos vendrá”), guitarra, acordeón, percusión, brochettes, cigarrillos y cervezas. Lo más importante es que aquí hay solidaridad y compañerismo. Nadie traiciona a nadie. Gente que aun hoy en medio del odio y la deshumanización dice Hola y Chau. O: Por favor, Perdón y Gracias.
El Cine, la Vida y el Amor, tienen la misma cantidad de letras: cuatro. Y cuando tienen coincidencias a veces van de la mano y hasta terminan abrazándose. Como la fuerza de creer que es por ahí.