Sala Lugones
Crítica de "Taxi Driver": la Nueva York de Scorsese entre la violencia y el aislamiento
La vigencia de Taxi Driver (1976) no responde únicamente a su condición de clásico ni al prestigio acumulado por Martin Scorsese a lo largo de su carrera. La película conserva una capacidad singular para absorber al espectador desde sus primeros minutos y para volver sobre él mucho después de terminada la proyección. Esa permanencia en la memoria es una de las razones por las que continúa siendo revisitada generación tras generación.
Cuando se estrenó en 1976, Taxi Driver representó mucho más que un éxito de crítica. Ganadora de la Palma de Oro en Cannes y nominada a cuatro premios Óscar, la película se convirtió en una de las expresiones más contundentes del Nuevo Hollywood. El guion de Paul Schrader y la puesta en escena de Scorsese articularon una mirada sobre la ciudad moderna a partir de la subjetividad de un individuo incapaz de encontrar su lugar en ella.
Todo el relato está filtrado por la percepción de Travis Bickle, un excombatiente de Vietnam que trabaja como taxista nocturno y observa Nueva York desde una mezcla de fascinación, resentimiento y aislamiento. La ciudad deja de ser un simple escenario para transformarse en una proyección de su estado mental. Las calles, los neones, la violencia cotidiana y la circulación permanente construyen un universo marcado por la incomunicación y el deterioro social.
En ese sentido, Taxi Driver dialoga con una tradición cinematográfica que encuentra en la subjetividad una herramienta para narrar el mundo. La influencia del cine europeo, de Alfred Hitchcock y de la Nouvelle Vague se combina con las formas del cine estadounidense para construir un thriller psicológico donde el suspenso surge menos de la acción que de la progresiva transformación de su protagonista.
La puesta en escena resulta decisiva en esa construcción. Scorsese alterna movimientos de cámara espontáneos con composiciones rigurosas, utiliza el montaje para acelerar o suspender el tiempo y encuentra en la fotografía de Michael Chapman y en la música de Bernard Herrmann elementos centrales para crear una atmósfera opresiva. Muchas de las decisiones formales que luego reaparecerán en títulos como Toro salvaje, Buenos muchachos o Casino ya están presentes aquí en estado embrionario.
Casi cincuenta años después, Taxi Driver sigue ocupando un lugar central en la historia del cine porque logró capturar una experiencia de soledad, alienación y violencia que trasciende su contexto histórico. Más que el retrato de un hombre, la película se convirtió en el retrato de una época y en una referencia inevitable para comprender la evolución del cine norteamericano contemporáneo.