2026-05-06

Swedish Short 2026

Crítica de Crítica de “Uncle Ali and I”: La patria en realidad virtual

Uncle Ali and I (2025) es un cortometraje de catorce minutos dirigido por Shahab Mehrabi. En ese tiempo construye una reflexión precisa sobre la memoria, el desarraigo y las formas contemporáneas de la distancia. Mehrabi filma a su tío Ali, exiliado iraní radicado en Suecia desde la Revolución Islámica, y le coloca un visor de realidad virtual para que pueda recorrer los lugares que no ha vuelto a ver en décadas. El recorrido no busca el impacto tecnológico, sino registrar cómo un cuerpo envejecido reacciona frente a imágenes de un territorio que todavía habita en la memoria.

El título evita cualquier formulación abstracta sobre el exilio o la diáspora. La película se concentra en un vínculo: un sobrino y su tío. Esa cercanía define todo el dispositivo narrativo. Mehrabi organiza el relato a partir de tres tiempos que se entrelazan constantemente: las entrevistas actuales en Suecia, las cintas VHS enviadas desde Irán durante los años de separación y las imágenes inmersivas captadas en locaciones específicas para el visor de realidad virtual. El resultado no es una estructura fragmentada, sino una convivencia temporal donde pasado y presente se superponen.

Las cintas VHS funcionan como el núcleo emocional del documental. El grano de la imagen, los encuadres domésticos y la precariedad del registro contienen una intimidad imposible de replicar con dispositivos digitales contemporáneos. Allí aparece la familia que permaneció en Irán: celebraciones, reuniones, canciones grabadas para un hombre ausente. Cuando el pequeño Shahab canta “Dallahoo es maravilloso, volvamos a visitarlo”, la escena no depende de ningún artificio cinematográfico. La emoción nace de la distancia que esa grabación intenta acortar. La decisión de cerrar el cortometraje con ese material le da a la película una dimensión circular: el pasado sigue hablando desde una cinta deteriorada.

El momento en que Mehrabi acomoda el visor sobre el rostro de su tío resume el sentido del film. El gesto cotidiano de acomodarle el cabello antes de iniciar el recorrido contiene décadas de afecto y una necesidad silenciosa de reparación. La película entiende que la tecnología no devuelve lo perdido, pero sí permite construir una experiencia parcial de presencia. Ahí aparece la pregunta que atraviesa todo el documental: ¿la memoria mediada sirve para sanar o solo prolonga la herida?

La respuesta aparece en las palabras del propio Ali: “Es como si realmente hubiera estado ahí”. La frase contiene tanto alivio como dolor. La realidad virtual le permite regresar, pero también le revela que el tiempo continuó sin él. Los paisajes cambiaron, las calles siguieron existiendo y la patria avanzó sin esperar a quienes tuvieron que huir. El film trabaja sobre esa contradicción: la imposibilidad de recuperar intacto aquello que se extraña.

La dimensión política del relato nunca necesita explicaciones extensas. Basta la respuesta de Ali cuando recuerda qué habría ocurrido si la República Islámica lo capturaba: “Personas con menor rango fueron ejecutadas”. El exilio aparece entonces no como una elección individual, sino como una condición impuesta por la supervivencia. Mehrabi evita convertir esa experiencia en discurso. Prefiere observar cómo esa violencia histórica permanece inscripta en los silencios, en las pausas y en la dificultad de nombrar ciertas pérdidas.

El documental también dialoga con una tradición de cine autobiográfico donde la cámara funciona como extensión de un vínculo afectivo. Como ocurre en Tarnation de Jonathan Caouette o en Stories We Tell de Sarah Polley, la reconstrucción familiar se convierte en una exploración sobre la memoria. Pero en este caso hay además una dimensión generacional: Mehrabi pertenece a quienes heredaron el exilio sin haber vivido directamente la expulsión. Cuando hacia el final dice “yo también llevo mucho tiempo sin volver”, la película deja claro que el desarraigo también alcanza a quienes crecieron lejos de la tierra que escucharon narrar.

Uno de los mayores aciertos del cortometraje es evitar el sentimentalismo. La emoción nunca se subraya. Cuando la voz de Ali se quiebra frente a la tumba de su padre, la cámara no insiste ni transforma el dolor en espectáculo. Observa y continúa. Ese respeto por la experiencia del otro le da al film una honestidad poco frecuente dentro del documental autobiográfico.

Uncle Ali and I termina convirtiéndose en una reflexión sobre el propio cine. La realidad virtual y el documental comparten una misma paradoja: ambos crean una forma de presencia consciente de su ausencia. Nunca reemplazan el contacto directo, pero generan algo intermedio entre la distancia y el encuentro. Eso es lo que Mehrabi construye en apenas catorce minutos: no el regreso a una patria, sino la posibilidad de sostener un vínculo con ella a través de las imágenes.

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