2026-04-23

BAFICI - Competencia Argentina

Crítica de "Los nadadores": distopía urbana en un verano sin noche

Los nadadores (2026), dirigida y protagonizada por Sol Iglesias SK, junto a Valentina D'Emilio, Joaquín Fretes, Tobías Reizes e Iván Ursul, construye un escenario distópico donde el tiempo pierde su ritmo habitual y queda suspendido en un presente continuo: es el día 368 de un verano sin noche. A partir de esa premisa, la ciudad se transforma en un espacio en crisis, atravesado por cortes de luz, desplazamientos forzados y una temperatura que altera cualquier referencia cotidiana. En ese marco, un grupo de jóvenes ocupa lo que queda del entorno urbano y redefine su vínculo con ese territorio vacío, en una deriva que se mueve entre el impulso lúdico y una forma de supervivencia que nunca se nombra de manera explícita.

En ese recorrido, la película organiza su relato desde lo físico antes que desde la acción, pero también deja filtrar una dimensión ligada al universo digital. Aunque los dispositivos no ocupan el centro de la escena, su lógica atraviesa los comportamientos: la fragmentación de la atención, la necesidad de estímulos constantes y la dificultad para sostener vínculos por fuera de lo inmediato configuran un trasfondo que condiciona a los personajes. El calor, entonces, no solo afecta los cuerpos sino que expone esa desconexión más profunda, donde lo colectivo aparece diluido y reemplazado por una circulación errática entre espacios y experiencias.

Al mismo tiempo, la puesta en escena refuerza esa percepción a través de un trabajo visual y sonoro que insiste en la repetición y el desgaste. La luz constante aplana los espacios, los vuelve reconocibles y extraños a la vez, mientras el sonido acentúa una sensación de encierro que no depende de muros sino del propio clima. En ese cruce, la película dialoga con una tradición del fantástico rioplatense en la que lo cotidiano se desplaza apenas, lo suficiente como para volverse incierto, y retoma ecos de la literatura de los años 60, donde la percepción del tiempo y la alteración de lo real ocupaban un lugar central, como en los relatos de Borges o Bioy Casares.

En ese sentido, Los nadadores también puede leerse como una película política, aunque su discurso no se articule de forma directa. La ciudad vaciada, el colapso de los servicios y la deriva de sus personajes funcionan como indicios de un presente atravesado por tensiones sociales, económicas y ambientales. Sin enunciarlo, la película registra un estado de época donde la crisis no irrumpe como excepción, sino que se vuelve paisaje.

De ese modo, la película no se organiza en torno a un conflicto clásico ni busca conducir hacia una resolución, sino que construye una experiencia sostenida en la permanencia. Lo que aparece es una ciudad que se transforma mientras sus habitantes permanecen en ella, adaptándose a nuevas reglas sin llegar a comprenderlas del todo. En ese desplazamiento, Los nadadores propone una observación sobre el presente que no ofrece respuestas, pero sí deja en evidencia las formas en que se habita un mundo en transformación.


 
 

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