Salas de Chile
Crítica de "Cuerpo Celeste": duelo íntimo y memoria colectiva en el desierto de Atacama
Hay películas que operan desde el susurro. No buscan imponerse por acumulación dramática sino por persistencia. Cuerpo Celeste (2026), segundo largometraje de Nayra Ilic García, se inscribe en esa línea: una narración que avanza sin énfasis explícitos, apoyada en la observación y en la construcción de atmósferas.
La historia se sitúa en 1990, en la costa de Atacama, en un Chile que inicia la transición tras la dictadura de Augusto Pinochet. Ese contexto no aparece enunciado de forma directa, pero se filtra en el comportamiento de los adultos, en los silencios y en una tensión latente que atraviesa el relato. El punto de partida es una escena de aparente plenitud: tres adolescentes corren hacia el mar en una secuencia que instala la idea de un tiempo suspendido. Esa imagen inicial contiene, en su reverso, las fisuras que la película desarrollará.
El quiebre llega con la muerte del padre de Celeste, Alonso, interpretado por Néstor Cantillana. La escena evita la espectacularidad y establece el tono que dominará el resto del film. A partir de ese momento, la narración se desplaza hacia las transformaciones del vínculo entre madre e hija. Daniela Ramírez compone a una madre atravesada por el duelo, mientras que la joven Helen Mrugalski sostiene el punto de vista del relato con un trabajo basado en la observación más que en la acción.
La construcción del personaje central se apoya en gestos mínimos. Celeste observa, registra, intenta comprender un mundo adulto que se vuelve opaco. La relación con el pescador Jano, interpretado por Nicolás Contreras, introduce una dimensión afectiva que no modifica el eje del relato, sino que lo amplifica. La experiencia del crecimiento aparece atravesada por la pérdida y por una percepción fragmentada de la realidad.
En el plano formal, la fotografía de Sergio Armstrong construye una estética basada en tonos terrosos y en una luz constante que remite a la idea de recuerdo. La textura visual, combinada con el uso de material en formato doméstico, instala una distancia temporal: lo que se observa no parece suceder en presente, sino en una memoria que se recompone. El diseño sonoro refuerza esa percepción, con el mar como presencia constante.
El aspecto más relevante del film es su articulación entre lo íntimo y lo histórico. El trabajo de los padres de Celeste como arqueólogos funciona como una clave de lectura. No se trata solo de una actividad profesional, sino de una metáfora de un país que comienza a exhumar su pasado reciente. La aparición de referencias a fosas comunes y a hallazgos en Pisagua integra la dimensión política sin alterar la lógica narrativa. La historia personal se convierte en un reflejo de un proceso colectivo.
Sin embargo, la elección de un ritmo pausado genera zonas de dispersión. La contención, que en varios pasajes permite construir densidad, en otros momentos limita el desarrollo dramático. La película se mantiene en un registro que evita el conflicto explícito, lo que produce una sensación de distancia frente a los acontecimientos. La integración del contexto histórico, aunque coherente, podría haber alcanzado un mayor nivel de intervención.
El cierre sostiene la lógica del relato. No hay resolución en términos clásicos. El duelo no se clausura, se incorpora. La protagonista no alcanza una síntesis, sino una forma de continuidad. En ese gesto, la película establece su posición: avanzar no implica cerrar, sino convivir con lo que permanece abierto.