2026-04-22

Gaumont - Jueves 23 de abril a las 20hs

Crítica de “Dreamflow, la escuela está en peligro”: Educar como forma de resistencia en la India marginal

A orillas del río Ganges, en la ciudad sagrada de Varanasi, Dreamflow, la escuela está en peligro (2025) sitúa su mirada en el asentamiento de Samne Ghat, un territorio donde la precariedad estructura la vida cotidiana. En ese contexto, una escuela liderada por la argentina Jesumiel se convierte en un espacio de contención y cuidado. Allí, los niños no solo acceden a la alfabetización, sino también a alimentos, higiene y, sobre todo, a la posibilidad de reconstruir su dignidad. La propuesta educativa funciona tanto como ayuda humanitaria inmediata como una apuesta a la transformación social.

La mayoría de los estudiantes proviene de castas desplazadas que migraron hacia grandes ciudades en busca de oportunidades y terminaron atrapadas en circuitos de pobreza persistente. Viven en condiciones frágiles, en terrenos que no les pertenecen y bajo la amenaza constante del desalojo, lo que refuerza la inestabilidad de sus vidas.

Dirigido por Gabriel Saie (Kosice, hidroespacial), el documental encuentra en el río una metáfora visual potente. El Ganges aparece como un espacio de tensiones: sagrado y contaminado, símbolo de purificación espiritual y, al mismo tiempo, evidencia del abandono social. Las imágenes de sus orillas, donde conviven basura, insectos y restos materiales, configuran un paisaje que refleja las contradicciones de una sociedad profundamente desigual. La cámara observa sin juzgar, dejando que la complejidad emerja por sí misma.

La construcción estética del film se apoya en la música religiosa, los colores intensos de las vestimentas y la captura de escenas cotidianas. Este tratamiento evita caer en una mirada miserabilista: aunque la precariedad es evidente, la película introduce una dimensión de esperanza. En las sonrisas de los niños y en la vitalidad del espacio escolar se insinúa la posibilidad de un futuro distinto para un sector históricamente relegado.

Al mismo tiempo, el documental expone la tensión entre educación y subsistencia. Muchas familias dependen del trabajo infantil para sostenerse, lo que dificulta la asistencia a la escuela. Frente a esta realidad, las docentes desarrollan estrategias alternativas, como la fabricación y venta de collares junto a los alumnos, generando ingresos que permitan sostener el proyecto. La educación aparece así no solo como un derecho, sino como una práctica que debe negociarse constantemente con la urgencia económica.

Los adolescentes ocupan un lugar central en la narración. La historia se articula a partir de la voz de Badal, de 16 años, exalumno convertido en docente. Su recorrido evidencia un modelo de educación comunitaria y autosustentable, donde el saber circula como herencia colectiva. En ese proceso, el cambio no se presenta como una transformación abrupta, sino como una acumulación de pequeños logros que desafían el determinismo social.

Cuando los niños miran a cámara, dejan de ser parte del paisaje para afirmarse como sujetos visibles. En ese gesto, el documental dialoga con la tradición del cine social de Fernando Birri, en particular con Tire Dié (1957), retomando la voluntad de otorgar voz a quienes han sido históricamente invisibilizados.

Gabriel Saie consigue un equilibrio entre la denuncia y la sensibilidad narrativa, evitando el golpe bajo. El resultado es una obra que invita a reflexionar sobre el papel de la educación como herramienta de transformación en contextos atravesados por la desigualdad.

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