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Crítica de “Yiya Murano, muerte a la hora del té”: La femme fatale argentina
Yiya Murano, muerte a la hora del té (2026) reconstruye con rigurosidad casi periodística los crímenes cometidos por María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano —conocida como Yiya—, célebre por envenenar a sus amigas con masas mientras sostenía una red de préstamos millonarios. El film inscribe los hechos dentro de una lógica social y económica que los vuelve posibles, adoptando además el tono y la estética del policial negro clásico.
El documental organiza su relato en una progresión cronológica que va desde los asesinatos en la década del setenta hasta su insólita conversión en figura mediática en los años noventa. A través de testimonios clave —como el fiscal de la causa, su hijo (y principal denunciante) y la periodista que siguió el caso—, la película construye un mapa coral que aporta información y perspectivas sobre el fenómeno Yiya.
La lógica del policial negro viene a partir de una lograda reconstrucción ficcional estilizada: un blanco y negro expresivo, atravesado por la iconografía del film noir —persianas, cigarrillos, sombras densas— que configura a Yiya como una auténtica femme fatale. Este recurso resignifica el caso como espectáculo, subrayando el modo en que los medios contribuyeron a convertir el horror en una suerte de telenovela truculenta.
Dirigido por Alejandro Hartmann, el documental se suma a otras producciones argentinas de true crime como El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas (2022) y Carmel: ¿Quién mató a María Marta? (2020), también impulsadas por Haddock Films y Vanessa Ragone. Como en esos casos, la profundidad del abordaje reside en la lectura del contexto: la dictadura como telón de fondo opresivo y la especulación financiera como terreno fértil para estafas piramidales. Ambos elementos explican —al menos en parte— el accionar criminal.
Pero hay un tercer factor que el film pone en primer plano: el deseo de ascenso social y visibilidad. Yiya no es solo una asesina, sino también un producto de su tiempo, alguien que capitaliza —consciente o no— el morbo mediático. En ese punto, la película abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué dice de la sociedad argentina su fascinación por figuras atravesadas por la ambigüedad moral?
El resultado es un documental que cumple con las expectativas del género true crime, pero que también se expande hacia una reflexión sobre los contextos —políticos, económicos y mediáticos— que no solo permiten el crimen, sino que, en ciertos casos, convierten a sus protagonistas en celebridades.