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Crítica de "Esa noche": el secreto que cambia cada vez que se cuenta
Creada por Jason George y basada en la novela de Gillian McAllister, Esa noche (2026) sigue a Elena (Clara Galle), Paula (Claudia Salas) y Cris (Paula Usero) durante una estadía en República Dominicana que deriva en un hecho decisivo: la muerte de un policía tras un incidente vinculado a Elena. Frente a ese escenario, las hermanas optan por ocultar el cuerpo y eliminar pruebas, activando una cadena de decisiones que compromete su relación.
La serie organiza su relato a partir de un principio: los hechos no se presentan como una verdad única, sino como una suma de versiones. Este procedimiento remite al efecto Rashomon —concepto derivado del film de Akira Kurosawa— donde un mismo acontecimiento se reconstruye desde perspectivas contradictorias. En Esa noche, cada episodio reordena la información previa, introduce matices y desplaza la responsabilidad. El resultado no es una revelación progresiva, sino una inestabilidad constante del sentido.
Las interpretaciones de Galle, Salas y Usero sostienen esa lógica de versiones. Cada personaje administra lo ocurrido de manera distinta, no solo frente a terceros, sino entre ellas mismas. La dinámica no se apoya en giros externos, sino en cómo cada una negocia su relato para sostener el pacto inicial.
A medida que la policía interviene, la serie desplaza el interés del crimen hacia su narración. Lo que está en juego no es únicamente qué ocurrió, sino qué versión puede sostenerse sin romper el vínculo. En ese punto, la estructura fragmentada deja de ser un recurso formal y se convierte en el conflicto central: cada relato modifica el lugar de las otras.
Sin apartarse de convenciones del thriller, la serie encuentra su funcionamiento en el uso del punto de vista. La repetición de escenas no busca ampliar la intriga, sino evidenciar que la verdad depende de quién la cuenta. Allí se define su propuesta: un crimen que no se resuelve, sino que se reescribe.