2026-02-26

El thriller español co-protagonizado por Dani Rovira

Javier Veiga y Marta Hazas sobre "Playa de Lobos", la película española con Guillermo Francella

En tiempos en los que muchos realizadores buscan demostrar su autenticidad, Veiga explica cuál fue su verdadero propósito con esta película y qué tipo de proyecto deseaba concretar. Hazas, por su parte, detalla las dificultades de rodar en una playa de las Islas Canarias y cómo esa locación terminó convirtiéndose en un personaje más.

¿Cómo surgió la idea de la película y cómo contactaste a Guillermo Francella para el protagónico?
Javier Veiga: La historia nació de la necesidad de hablar sobre un tipo de persona muy reconocible: aquella que nunca se hace cargo de nada, que jamás asume responsabilidades. Lo lógico hubiera sido situar el conflicto en un ministerio o en una ventanilla pública, con el típico funcionario que bloquea todo. Pero pensé: esto no es un problema institucional, es un problema humano. Entonces decidí llevarlo al extremo opuesto, a una playa paradisíaca, con una tumbona. Quería demostrar que el conflicto no depende del contexto, sino de la condición humana.A partir de ahí, la historia derivó hacia un thriller muy particular, con mucho humor. Cuando tuvimos el guion, empezamos a imaginar el reparto. En la idea original no había un argentino y un español; eso surgió después. En una conversación alguien dijo: “Sería increíble que fuera Guillermo Francella”. Al principio casi descartamos la posibilidad, porque pensábamos que sería imposible: es un actor muy solicitado en todo el mundo hispanohablante. Pero le enviamos el guion y respondió enseguida. Le gustó mucho. Quiso conocerme, empezamos a hablar y conectamos muy bien. Finalmente aceptó. Así, aunque se filmó en España, la película terminó siendo una coproducción pensada para ambos mercados.

Desde la producción, ¿qué desafíos implicó rodar en las Islas Canarias?
Marta Hazas: Fue realmente desafiante. Los vientos eran muy fuertes, hubo rodajes nocturnos y las mareas cambiaban constantemente. En el chiringuito debíamos controlar a qué altura estaba el agua; era un factor determinante. Incluso el plano y contraplano se complicaban porque el viento despeinaba a los actores. Lo fascinante es que un espacio tan abierto como una playa termina convirtiéndose en un entorno claustrofóbico. La locación funciona casi como un personaje más. Además, encontrar ese lugar específico —con un quiosco y un puente de 200 metros— no fue sencillo. Tiene algo de decorado hitchcockiano.

¿Hubo alguna decisión de producción que cambiara el rumbo del proyecto?
Marta Hazas: Sí, el casting. Decidir que Klaus fuera argentino y que lo interpretara Francella modificó el guion y también la planificación de producción. Queríamos que mantuviera su acento, y eso impactó tanto en los diálogos como en la estrategia de coproducción.

El personaje de Klaus tiene rasgos muy reconocibles. ¿Eso estaba previsto desde el inicio?
Javier Veiga: El personaje ya estaba prácticamente definido antes de saber que sería argentino. La adaptación fue mínima: básicamente ajustar expresiones y giros lingüísticos. El 98% del personaje ya existía. Por eso sentimos que Guillermo encajaba de manera natural. Yo soy gallego y ese sarcasmo tiene algo que me resulta cercano culturalmente.

¿Qué te motivó a producir esta película junto a Javier?
Marta Hazas: Con nuestra productora hicimos la serie Pequeñas Coincidencias y la película Amigos hasta la muerte, pero queríamos dar un paso más y producir un proyecto donde no fuéramos protagonistas. El guion me atrapó porque aborda algo muy sintomático de nuestra época: la incapacidad de asumir responsabilidades. Siempre la culpa es de otro. También quería involucrarme desde otro lugar, ampliar mi mirada profesional más allá de la actuación. No buscamos una fórmula comercial; partimos de lo íntimo, de los personajes. La coproducción surgió de manera natural.

¿Cómo fue rodar las escenas submarinas?
Marta Hazas: Muy complejo. Los actores llevaban el storyboard plastificado para consultarlo bajo el agua. Desde el barco, yo daba indicaciones a través de un micrófono conectado a un altavoz, pero bajo el mar no siempre podían oír. Además, el primer día el agua estaba muy removida y la arena dificultaba la visibilidad.
Javier Veiga: Queríamos que se viera el mar real: la arena, las rocas, la textura auténtica. Eso implicó rodajes exigentes, con inmersiones de hasta 50 minutos. Fueron tres días para secuencias que en pantalla ocupan poco tiempo, pero aportan una dimensión visual especial.

La película incorpora un coro griego y secuencias musicales. ¿Cómo surgió esa idea?
Javier Veiga: La historia tiene algo de tragedia y tragicomedia. Me interesaba incluir un coro que funcionara como recordatorio de que algo extraño está ocurriendo. Pensé en el recurso que utiliza Woody Allen en Poderosa Afrodita, aunque aquí no es un coro clásico sino carnavalesco: figuras con máscaras de lobo que anticipan el mal presentimiento del personaje de Manu. Además, la música es completamente diegética: todos los instrumentos que suenan aparecen en pantalla, salvo en una secuencia puntual.

¿Qué referencias cinematográficas reconocés?
Javier Veiga: Es inevitable que existan referencias. La más evidente es La Huella, de Joseph L. Mankiewicz, aunque intenté no tenerla presente al escribir. También hay algo del thriller clásico con ecos de Alfred Hitchcock. Y quizá pueda emparentarse con Los espíritus de la isla (The Banshees of Inisherin), aunque las influencias siempre operan de manera inconsciente.

¿Qué aspecto psicológico les interesó más?
Javier Veiga: Es una película muy discursiva. Me interesa el cine de la palabra, donde los personajes se enredan en diálogos complejos. Ese juego verbal era central.
Marta Hazas: A mí me perturbaba la idea de que una persona incompetente pueda arruinarte más la vida que un villano evidente. Frente a alguien malintencionado uno se defiende; pero depender de un estúpido puede ser devastador.

¿Cómo construiste el arco de Manu?
Javier Veiga: Académicamente, Manu es el protagonista, aunque el antagonista tenga un peso enorme. Es una estructura clásica: el héroe evoluciona a partir del poder que ejerce su antagonista. Hasta el final sabemos poco de Klaus; apenas intuimos que arrastra un dolor amoroso que lo volvió frío.

¿Cuál era tu idea inicial para la película?
Javier Veiga: Quería hacer una película honesta, centrada en actores y personajes. Podría haber añadido más elementos, pero serían decorativos. No quería buscar el impacto por acumulación, sino hacer un relato clásico, sin fórmulas prefabricadas. Para mí es una película autoral porque responde a la voluntad genuina de contar esta historia a mi manera. No es cine de autor pensado para festivales, sino una obra que puede disfrutar cualquier espectador. Si conecta con un público amplio, mejor. Pero la autenticidad no puede ser impostada: tiene que ser honesta. Con Playa de Lobos quería hacer algo popular y masivo, pero desde una mirada independiente.

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