2026-02-22

76 Berlinale

Crítica de "The Loneliest Man in Town": Tizza Covi y Rainer Frimmel retratan a un músico ante el avance inmobiliario

Los directores de la hermosa e inolvidable La Pivellina (2009, estrenada en nuestro país) y Mister Universo (2016) llegaron con un nuevo y personal híbrido entre ficción y documental a la Competencia Oficial de la 76 edición de la Berlinale. The Loneliest Man in Town (2026) es, sin dudas, de lo mejor que se ha visto en la sección principal, demostrando –una vez más- que no hace falta ser grave y sentencioso para ser profundo.

Los cineastas Tizza Covi y Rainer Frimmel han encontrado un modo muy especial, único, para retratar lo que a primera vista podría catalogarse como “personajes excéntricos”. Esto que aclararé ahora seguro es redundante para quien haya visto alguna de sus películas, pero ese acercamiento a lo particular y diferente es bien distinto al que tiene por ejemplo sus coterráneos Ulrich Seidl (mucho más cercano al grotesco y poniendo el foco en la marginación), Michael Haneke (con acento en la crueldad y lo monstruoso) y Jessica Hausner (dialogando con el terror y la ciencia ficción en sus últimas películas). En el cine de Tizza Covi y Rainer Frimmel prima la empatía, el cariño, el respeto a sus personajes. Sus películas, profundamente humanistas, abrazan a sus criaturas con todas sus particularidades, sin criticarlos, sin juzgarlos. Eso es lo que hacían con Vera (tal el nombre de la película y de su protagonista, presentada en Venecia en 2022), que comenzaba como un documental sobre la deprimida hija de la estrella italiana del spaghetti western Giuliano Gemma, para luego deslizarse hacia una historia ¿ficticia? sobre la explotación de las celebridades (con inolvidable presencia de Asia Argento). Y eso es lo que hacen con el guitarrista de blues y devoto de Elvis de toda la vida Alois Koch (su nombre artístico es Al Cook) en la nueva película aquí presentada.

El progatonista parece salido de una película de Aki Kaurismaki: solitario, de pocas palabras, haciendo un largo silencio antes de hablar, viviendo en un mundo en el que lo único que lo hace seguir adelante son los recuerdos. Su casa parece un museo dedicado a la música blues estadounidense, a la que Al Cook dedicó toda su vida: pianos (desafinados), guitarras sofisticadas, discos, micrófonos, parlantes, recortes de diarios y revistas, fotos enmarcadas de músicos y una enorme colección de objetos vinculados con El Rey, Elvis Presley (cuyo especial jopo parece definir el peinado del protagonista, que en toda circunstancia y con mucho cuidado acicala con spray). El amor hacia Elvis es tal que Al dice haber aprendido inglés (que habla perfectamente) por su cuenta, solo, repitiendo una y otra vez las letras de sus canciones, aunque nunca haya pisado los Estados Unidos de Norteamérica.

Esta vida tranquila (y de museo) se ve alterada porque su hogar, el departamento de toda su vida se encuentra en un edificio que va a ser demolido. La presión de la constructora (a través de un inolvidable gangster que lo “aprieta” de maneras muy particulares) lo va dejando sin ascensor, sin electricidad, sin agua. Al comprende que no hay otra opción que dejar su refugio, así que habrá de vender todo para viajar a Estados Unidos (al delta del Mississipi, allí donde todo comenzó). La mirada ingenua y cómica sobre el uso de las propiedades no deja de desnudar una crisis que atraviesa todo el mundo. Pero lo que en otras manos podría haberse tornado oscuro y ominoso, en las de Tizza Covi y Rainner Frimmel, dan una oportunidad al renacimiento, a la esperanza.

La crítica está y es clara. No se trata de una visión edulcorada que pretende minimizar un problema. Pero a los directores les interesa realmente la vida de Al/Alois y cómo él puede enfrentar las dificultades. El camino será exótico (como no podía ser de otra manera). Pero es el suyo. Amorosa y sincera, emotiva y esperanzadora, The Loneliest Man in Town debería irse de Berlín con algún premio importante.

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