Teatro Liceo
Crítica de "Papá por siempre": Campi entre el enredo y el vínculo familiar
La adaptación teatral de Papá por siempre retoma el universo narrativo de Mrs. Doubtfire (Chris Columbus, 1993), una comedia que en los años noventa utilizó el enredo familiar para pensar la paternidad, el divorcio y los vínculos en proceso de transformación. En ese relato, Daniel Hillard, actor de doblaje sin estabilidad laboral, pierde la custodia de sus hijos tras la separación y decide convertirse en una niñera para seguir presente en sus vidas. La versión escénica conserva ese conflicto central y lo traslada al formato del musical, priorizando una narración directa y de lectura rápida.
Para eso, la puesta dirigida por Ariel del Mastro se apoya en una escenografía modular, de estructura frontal y paleta definida, que organiza los espacios como unidades narrativas sucesivas. De ese modo, el hogar, la nueva casa de soltero y los ámbitos de transición se articulan mediante cambios ágiles que evitan pausas prolongadas y sostienen un ritmo constante, acorde a una propuesta pensada para un público amplio.
A su vez, el diseño lumínico acompaña esa construcción sin subrayados innecesarios, delimitando climas y transiciones con precisión. El uso del color en vestuario y escenografía funciona como organizador dramático y permite diferenciar los distintos planos del relato: la intimidad familiar, el espacio profesional y el terreno de la ficción que habilita el disfraz. Las coreografías refuerzan esa lógica de relato por cuadros, aunque en algunos tramos la acumulación de escenas extiende el recorrido más de lo necesario.
En el plano actoral, el eje está puesto en la construcción del protagonista y su doble identidad. Campi compone a Daniel Hillard desde un trabajo físico y vocal sostenido en el timing del humor, sin apartarse del registro de la comedia familiar. Dani “La Chepi”, en su debut en el musical, interpreta a Miranda desde una presencia funcional al conflicto. El elenco infantil cumple un rol central en la dinámica del espectáculo, aportando continuidad emocional y sosteniendo la dimensión familiar del relato. En ese conjunto se destaca Albana Fuentes como Lydia, con una interpretación precisa y segura, que consolida su crecimiento escénico y aporta peso dramático a los momentos de mayor exposición emocional.
En ese sentido, Papá por siempre se apoya en una estructura reconocible y en el vínculo afectivo que propone su relato, aunque no siempre logra unificar sus registros. La convivencia entre una comedia familiar de trazo clásico y guiños dirigidos al espectador adulto introduce tensiones de tono que, si bien no desarticulan la narración, sí afectan su cohesión general.
Aun así, la adaptación sostiene su eficacia en la claridad del conflicto y en una puesta que privilegia el ritmo y la accesibilidad. Papá por siempre traduce el corazón del film original al lenguaje escénico con solvencia, aunque una mayor depuración narrativa permitiría potenciar su dinámica teatral y consolidar una identidad más definida.