Salas
Crítica de “Avatar: Fuego y Cenizas”: James Cameron entre el drama y el espectáculo cinematográfico
Avatar: Fuego y Cenizas (Avatar: Fire and Ash, 2025) flaquea en relación a la anterior, a veces sintiéndose un refrito y a veces la segunda mitad de un cuento alargado. Pero el dominio del cineasta es innegable y brinda una aventura épica en la que el drama interpersonal e intrafamiliar y el espectáculo cinematográfico se contraponen exquisitamente.
Ya en Avatar: El camino del agua (Avatar: The Way of Water, 2022) el foco se abría de Jake Sully (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldaña) para centrarse en sus hijos, y ahora el drama se reparte entre dos de ellos: por un lado Lo'ak (Britain Dalton), quien releva a su padre como narrador, desesperado por ganarse su aprobación luego de cargar con la culpa de la muerte del primogenito Neteyam. Por otro lado está Spider (Jack Champion), el hijo humano del archienemigo Quaritch (Stephen Lang), adoptado por los Sully pese al amargo racismo de su madre.
Desde la primera película que la presencia de humanos en el planeta de Pandora se ha convertido en algo de facto, y Quaritch continúa su misión de capturar al traidor Sully así como de recuperar a su hijo. En medio surge una nueva facción de Na'vi, la tribu de "Fuego y Cenizas" liderada por la sanguinaria Varang (Oona Chaplin). Varang es una excelente villana y posee una presencia formidable hasta que Quaritch, quien ya ha sido derrotado dos veces por los Sully, se alía con ella y toma las riendas de su tribu, haciéndola a un lado por el resto de la historia.
El diálogo ya no es tan torpe o didáctico como en entregas anteriores, quizás porque ya no hay mucho más para establecer o explicar en el mundo de Pandora. Hay espacio para momentos más humanos entre los personajes, como la enorme pelea en la que Jake y Neytiri exponen y recriminan sus contradicciones, el proceso sadomasoquista de seducción entre Quaritch y Varang, y un momento entre Jake y Spider particularmente bíblico, en el sentido cruel y conmovedor de la palabra.
La primera mitad de la historia presenta una seguidilla de secuencias impactantes en las que los personajes son perseguidos, capturados, rescatados, dados por muertos, reunidos y separados de nuevo. Cameron marca un ritmo excitante, siempre cruzado por dinámicas conflictivas, expertamente inflando y desinflando la tensión, que nada tiene que envidiar al caldo de superhéroes promedio. La segunda mitad no es menos impresionante a nivel técnico, pero se parece demasiado al acto final de la película anterior, presentando una batalla en la que los mismos personajes pelean en el mismo sitio por la misma cosa con resultados apenas más concluyentes que la vez anterior.
Muchos son los chistes sobre la megalomanía de James Cameron y la ausencia de “huella cultural” que representa cada entrega de Avatar, una franquicia que no sigue tendencias ni inspira imitaciones a pesar de la inmensa popularidad con la que siempre ha sido recibida. Pero ahí yace su atractivo, en quizás ofrecer un tipo de diversión tan elemental y a la vez tan enajenada de la cultura monolítica que domina el mundo del entretenimiento, capaz de oscilar entre lo terrenal y lo espiritual, lo personal y lo épico, visitando los cines con la frecuencia de un cometa espacial.