Crítica de “La sombra de mi padre”: Akinola Davies y su mirada sobre la paternidad
Cuando La sombra de mi padre (My Father’s Shadow, 2025) irrumpió en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, se inscribió de inmediato en la historia: fue la primera película nigeriana proyectada en el certamen y recibió una mención especial. Ese dato la instala en el mapa global, pero su potencia radica en otro plano. El film propone una narración que articula el viaje íntimo de dos hermanos con una reflexión sobre las masculinidades contemporáneas en un contexto postcolonial atravesado por la precariedad y la migración interna.
La historia se despliega desde un gesto mínimo. Un padre que trabaja en la ciudad se ve obligado a trasladar a su esposa y a sus hijos desde el pueblo hacia Lagos, en un momento en que la capitalidad acababa de desplazarse y los salarios adeudados empujaban a miles de trabajadores a reclamar. El trayecto hacia la ciudad funciona como una ruptura: parientes que aparecen y desaparecen, compañeros que ofrecen una solidaridad ambigua y la promesa de una vida distinta que, al llegar, se revela distante y hostil. Los niños, Aki y Rémi, descubren la ciudad desde ese desconcierto, atrapados entre la fascinación y el despojo.
La película podría situarse en cualquier otra época. La imagen de un adulto que arrastra a su familia desde una aldea hacia un territorio desconocido remite a relatos antiguos, incluso a migraciones registradas en los primeros centros urbanos de la humanidad. Esa dimensión atemporal sostiene la lectura del director: una experiencia íntima que observa cómo se fracturan los vínculos cuando el desplazamiento forzado se convierte en destino común.
Akinola Davies nació en Londres y creció entre Gran Bretaña y Nigeria. Esa biografía, partida entre geografías, aparece como una clave para leer este primer largometraje. Si bien es temprano para definir una poética, su mirada rehúye los binarismos que ordenan lo local y lo global, y se instala en un territorio de tensiones donde la identidad se construye en movimiento.
La acción transcurre en 1993, año marcado por la crisis política producida tras la anulación de las elecciones y la intervención militar del general Ibrahim Babangida. La violencia que recorrió el país se convierte en metáfora de una fractura doméstica. El desorden institucional se filtra en la vida cotidiana y empuja a los personajes a decisiones que los exceden. La pregunta sobre lo que significa sostener una familia en medio de esa inestabilidad inscribe a la película en una conversación más amplia sobre las estructuras patriarcales y la manera en que las transformaciones políticas erosionan las certezas privadas.
El guion fue escrito junto al hermano del director, Walen Davies, como un ejercicio de catarsis basado en el recuerdo del padre de ambos, fallecido cuando rondaban los veinte años. De ese duelo surgió el título y también la preocupación por observar cómo una figura ausente continúa modelando la vida de quienes quedaron atrás. En la ficción, el padre está vivo, pero su trabajo lo mantiene lejos; en la vida real de los cineastas, la ausencia fue definitiva. La película se mueve en ese borde difuso entre lo autobiográfico y lo simbólico.
La producción se suma a una corriente reciente del cine africano que explora lo íntimo y lo biográfico como vía para pensar los procesos identitarios a escala continental. No es un cine testimonial: se enfoca en la experiencia personal para iluminar las tensiones culturales y sociales heredadas del colonialismo y las nuevas formas de desplazamiento.
El personaje de Folarin, interpretado por Sope Dirisu, encarna a un hombre dividido entre la necesidad de reclamar su salario y la responsabilidad de cuidar a su familia. Su figura revela una paternidad en transformación, modulada por la precariedad laboral, la migración y la frustración acumulada. No se trata de un héroe ni de un villano, sino de un adulto que intenta sostener un rol que se vuelve cada vez más difícil de cumplir.
Aki y Rémi, interpretados por Godwin Egbo y Chibuike Marvelous Egbo, observan esa fragilidad con una combinación de distancia y deseo. La camera de Davies detiene su atención en los gestos que no se dicen, en los silencios, en las miradas que buscan reconocimiento. La ciudad, impersonal y vasta, acentúa la separación emocional entre los personajes y actúa como un espacio donde los lazos se tensan hasta el límite.
La fotografía de Jermaine Edwards, quien trabajó en Mathilda de Roald Dahl: el musical, apuesta por tonos cálidos y composiciones cerradas. La proximidad visual funciona como traducción de un encierro emocional que atraviesa a todos los personajes. Una escena near the beginning —los niños quietos frente a la casa familiar— encuentra su eco en las secuencias de la playa, donde un instante de complicidad anticipa un desprendimiento irreversible. Es en esos gestos mínimos donde la película encuentra su forma más contundente.
El film se posiciona como una obra que, desde su primera exhibición, abre nuevas rutas para el cine nigeriano en el circuito internacional. Su alcance estético y su densidad emocional invitan a pensar si estamos ante un punto de inflexión. ¿Es una de las películas más relevantes del cine africano reciente? La respuesta queda suspendida, igual que los vínculos que narra: en tensión, en movimiento, en construcción.