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Crítica de "¿Qué pasó ayer? Parte 2": Resaca recargada
Stu Price (Ed Helms) encontró el amor en Tailandia y se dispone a casarse. Dos años después de aquella despedida de soltero en Las Vegas que terminó en caos, el odontólogo reúne a sus amigos Phil (Bradley Cooper) y Doug (Justin Bartha) en un tranquilo desayuno previo a la boda. El déjà vu comienza cuando, a pedido de Doug, Stu invita a Alan (Zach Galifianakis), el excéntrico cuñado, a la ceremonia. Todo parece bajo control hasta la última noche, cuando un simple brindis con cerveza deriva en un nuevo descontrol. Esta vez la resaca no es en Nevada, sino en los arrabales de Bangkok. La buena noticia: los cuatro amigos siguen juntos. La mala: el hermano de la novia ha desaparecido.
La primera película, ¿Qué pasó ayer? (The Hangover, 2009), fue una rara combinación de comedia desenfrenada y mecanismo narrativo preciso. Todd Phillips y su elenco lograron correr los límites de la comedia norteamericana al introducir un humor corrosivo que jugaba con lo mostrable y lo ético. Su éxito fue inmediato: más de 300 millones de dólares solo en Estados Unidos. La secuela era inevitable, pero lejos de repetir la fórmula sin más, Phillips y su equipo decidieron redoblar la apuesta.
En ¿Qué pasó ayer? Parte 2, la incorrección deja de ser un accidente y se vuelve motor central. Stu lo resume con la idea del “animal interior”: lo reprimido encuentra vía de escape en el exceso. El alcohol y las drogas funcionan como catalizadores que convierten lo prohibido en experiencia tangible. Lo modélico, la fachada socialmente aceptada, se revela como pantomima hipócrita. La resaca, en este caso, es también el espacio para corporizar el inconsciente.
La secuela expande la acción fuera de Estados Unidos, con Bangkok como escenario. Lo que podría haberse reducido a un recurso fácil –reírse de la diferencia cultural– funciona aquí como reflejo del etnocentrismo de los protagonistas. Su desconcierto ante la cultura tailandesa opera como un síntoma de su pertenencia absoluta a la idiosincrasia norteamericana. El viaje se transforma en un choque cultural que roza lo surreal, un “viaje interplanetario” donde todo resulta extraño y desbordado.
La película, provocadora e incorrecta, utiliza escenas límite –como la célebre secuencia de los travestis– para tensar los márgenes de lo aceptable en la comedia comercial. Con chistes que oscilan entre lo guarro y lo subversivo, ¿Qué pasó ayer? Parte II se desmarca de la chatura de gran parte de la comedia hollywoodense y confirma que bajo la superficie de lo escandaloso hay una crítica implícita a la hipocresía social y cultural.