2025-05-24

Festival de Cannes

Crítica de “Mente maestra”: La obra maestra de Kelly Reichardt que Cannes (y el cine) necesita

Mente maestra (The Mastermind, 2025) se inicia con aires de comedia, cortesía en buena medida de la música jazzística de Rob Mazurek. Su banda sonora irá marcando el tono de toda la película, desde los marcados ritmos de batería y bajo de la secuencia inicial a las tonalidades más atmosféricas y sombrías del final. Porque este es el itinerario que sigue su protagonista, JB Mooney (Josh O’Connor), uno de los personajes más fascinantes de todo el cine de Kelly Reichardt.

Estos cambios de tono, progresivos y muy acusados, ya nos alertan de que no estamos ante la prototípica película de Reichardt. Por lo pronto, ha dejado Portland y Oregón para saltar a la costa este, a Massachusetts, en primer lugar, y después a Ohio. Escenarios extraños en su cine, por más que esta sea una película que Reichardt ha escrito en solitario y sin partir de material ajeno alguno, como si Mente maestra fuese la respuesta a la necesidad de un cambio de aires.

Estamos también en 1970 y JB es un carpintero en paro que comete pequeños robos en museos, más un divertimento que comparte con toda la familia que un modo verdadero de “ganarse” la vida. De ahí el tono de comedia que se mantendrá a lo largo de toda la primera mitad de Mente maestra, incluso cuando JB contrata a un par de socios para cometer un robo más importante, sacando a plena luz del día del museo local cuatro importantes cuadros. A partir de este momento todo se complica en la vida de JB, que es hijo de un juez, y la película comienza a ser otra.

Hay algo en todo este inicio, en esos dos robos iniciales, el pequeño y el grande, que en la meticulosidad de sus preparativos recuerda por un lado al Bresson de Pickpocket (1959) y por otro a una película anterior de Reichardt, Night Moves (2013). Son dos apuntes sobre el estilo y las preocupaciones de Reichardt, quien nunca fue tan política como en aquella película de 2013 protagonizada por Jesse Eisenberg y Dakota Fanning, que interpretaban a dos activistas medioambientales que cometían un atentado en una presa, un acto que se les iba de las manos.

Sucede lo mismo con JB que, rodeado de dos cómplices poco recomendables, se ve abocado a huir. Y en esta huída volvemos a conectar con esa vertiente política del cine de Reichardt. En cualquier caso no por el robo en sí, ni por la empatía que podemos sentir por este antihéroe, por su profunda ingenuidad (un robo basado antes en cuestiones sentimentales que crematísticas). Más bien porque, como decía, estamos en 1970 y la televisión no para de emitir noticias sobre Vietnam, en un contexto en el que arrecian los movimientos antibelicistas. En un giro totalmente inesperado, más que un ladrón fugitivo de la justicia, JB se  convierte en un clandestino que ha de adoptar una nueva personalidad, como la de esos jóvenes que, para huir de Vietnam, se pasaron a Canadá.

Así, inopinadamente, nos encontramos con una película sobre Vietnam, con esos Estados Unidos de 1970 en los que se anima desde los carteles callejeros al reclutamiento voluntario, una película que nos está hablando también del presente de ese país, lanzándonos un mensaje inequívoco: no se puede permanecer impasible ante las injusticias y las ansias totalitarias de Trump, cualquier acto tendrá consecuencias  y no nos podremos excusar en un error cuando también nos toque a nosotros.

Te puede interesar