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Crítica de "Atentado en Paris": El terrorismo como fachada
Dentro del modelo de producción estadounidense, los thrillers de acción fueron desplazados desde hace tiempo por épicas de fantasía saturadas de CGI que recurren una y otra vez a la misma fórmula del viaje del héroe y otros recursos narrativos dirigidos principalmente al público adolescente. En ese contexto, fueron los europeos —con el inefable Luc Besson a la cabeza en su rol de productor— quienes retomaron la tradición del género y construyeron un conjunto de referencias retro adaptadas al escenario internacional contemporáneo, las tensiones sociales a gran escala y los diversos conflictos que ofrece el Viejo Continente.
Atentado en París (Bastille Day, 2016) funciona como una suerte de versión británica de ese esquema, uno que viene a ocupar un espacio vacante dentro de un mercado progresivamente abandonado por el mainstream hollywoodense. En esencia, se trata de una buddy movie policial que examina, desde la sordidez y las ironías propias del género, el funcionamiento del terrorismo y de los servicios de inteligencia, dos ámbitos cuyos límites se vuelven difusos a partir de la manipulación cruzada y de la permanente necesidad de encontrar chivos expiatorios acordes a las agendas políticas de las potencias occidentales.
Con el foco puesto en la hipocresía y la corrupción de los representantes de la ley y de sus socios en el poder, la película articula una dupla integrada por Sean Briar, un agente de la CIA interpretado por Idris Elba, y Michael Mason, un hábil carterista encarnado por Richard Madden. La dinámica entre ambos constituye uno de los motores centrales del relato.
La premisa gira en torno al mecanismo del falso culpable. Un robo aparentemente fortuito cometido por Mason termina vinculándolo con un atentado perpetrado mediante una bomba oculta en una bolsa que había sustraído a una joven poco antes de la explosión. Tras localizarlo e interrogarlo, Briar descubre que el sospechoso puede convertirse en un aliado, y la investigación termina revelando una conspiración que alcanza tanto a operadores del sistema como a las altas esferas del Estado francés.
El principal responsable de la química de la pareja protagónica y de la eficacia de las secuencias de acción es James Watkins, director británico que ya había demostrado su capacidad en Eden Lake (2008) y La dama de negro (The Woman in Black, 2012). Sin embargo, una de las diferencias más interesantes respecto de otras producciones del género aparece en el tratamiento del humor. Mientras buena parte del cine de acción estadounidense contemporáneo suele apoyarse en comentarios irónicos permanentes, Atentado en París opta por un sarcasmo más discreto, integrado al comportamiento de los personajes y subordinado a las necesidades de la trama. Watkins evita la pomposidad en las coreografías de acción y construye un relato que encuentra su fuerza en la fragilidad de las instituciones y en la sensación de desprotección que generan aquellos organismos destinados, en teoría, a garantizar la seguridad colectiva.