Adrián Monserrat
27/11/2018 09:43

Una comedia coproducida entre Italia y Argentina nos demuestra que las promesas, por más disparatadas que sean, están hechas para cumplirse.

El hombre que compró la luna

(2018)

¿Quién no ha prometido cualquier cosa por amor? Desde escalar montañas, atravesar mares o tal vez bajar estrellas. Siempre, este tipo de dichos, resultan inconclusos. El amor, por más que todo lo pueda, presenta barreras muy alejadas a la realidad. El hombre que compró la luna (L'uomo che comprò la luna, 2018) parte de una promesa, pero su resultado es el opuesto a lo que se acostumbra. Un pescador es el encargado de semejante travesía por su amada.

Dirigida por Pablo Zucca (El arbitro) y producida por Daniel Burman (La suerte en tus manos), entre otros, esta comedia hablada de manera íntegra en el idioma italiano, nos embarca en un mundo donde, a pesar de la realidad en la que vivimos, todavía se puede tener la capacidad de soñar. Sostenida por un clima de humor irónico, la gracia de la obra se sugiere en escenas donde lo grotesco rompe el silencio. Quizás un juego competitivo, el cual consiste en contar con las manos (con las reglas más absurdas), pudiera resultar burdo o inconexo, pero El hombre que compró la luna se encarga de que todo tenga un porque en la historia.

La premisa es de lo más desopilante. Todos los gobernantes del mundo se movilizan por la noticia de que un sujeto fue el encargado de hacerse dueño de la luna. La escena post inauguración de la obra es una sumatoria de declaraciones de las más altas esferas gubernamentales (como también otros supuestos emblemas del poder) sobre la sorpresa de semejante acto y el disparador exacto para pergeñar la recuperación del satélite de la Tierra. Con una primera media hora con un guión dispuesto a entretener a partir del duelo de los no soñadores (gente enojada que quiere recuperar la Luna) versus los soñadores (aquel que la compró), los silencios son intencionales, el humor físico se perfecciona en los momentos claves y la introducción de semejante acto que le da el título al largometraje queda planteado. A partir de allí, la acción comienza a tomar otro rumbo. El film se vuelca a su parte más emocional, dejando de lado la sorpresa de la comicidad absurda de la primera parte y transforma lo terrenal por la excesiva utopía. La película de Zucca se precipita con la manera de acceder a lo fantástico, resultando un traspié en la prolijidad de la obra.

El hombre que compró la luna nos invita a reír, soñar y cumplir nuestras promesas. Estrenar el mismo día que El primer hombre en la luna (First man, 2018), la película protagonizada por Ryan Gosling, no resulta nada sorprendente. Un ser humano se adueña de algo, incrementa su dominio y no permite que otro de su especie, tal vez un simple pescador, ponga en riesgo su poder por no poseer el don de soñar.

6.0

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