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Crítica de “Contra el huracán”: una “Lo imposible” a la mexicana que abusa del melodrama
En Contra el huracán (2026), el agua amenaza con hundir un yate mientras el guion procura que salgan a flote los resentimientos de quienes lo ocupan. De esa convivencia surge una tensión que la película no siempre consigue resolver: para sobrevivir, los protagonistas necesitan actuar juntos, pero el relato insiste en que también deben revisar su historia como hermanos. La cooperación podría expresar por sí misma una transformación del vínculo. Jorge Michel Grau, sin embargo, recurre a conversaciones que explican las diferencias cuando la urgencia ya ofrece una manera de ponerlas en juego.
Wirpul, interpretado por Benny Emmanuel, acaba de asumir como capitán y necesita tanto el dinero como la posibilidad de demostrar que puede hacerse cargo de una embarcación. A bordo está Candi, su medio hermano, al que Kristyan Ferrer encarna desde una relación atravesada por conflictos que preceden al viaje. El trabajo frente a las costas de Acapulco se convierte en una lucha por mantenerse con vida cuando el huracán Otis deja el yate sin motor ni comunicación. El ascenso de Wirpul adquiere entonces otro sentido: responder por el barco implica responder también por alguien con quien apenas logra entenderse.
La recreación del temporal sostiene el interés porque vuelve concreta esa responsabilidad. La embarcación deja de representar una oportunidad de trabajo y pasa a ser el límite del mundo que ambos pueden habitar. Emmanuel y Ferrer contribuyen a que la supervivencia conserve una dimensión humana dentro del despliegue del desastre. Pero la prolongación del huracán reduce el efecto de sus embates: cuando el peligro se extiende sin una progresión equivalente del conflicto, la duración empieza a sentirse más que la amenaza. Las conversaciones sobre el pasado profundizan ese desgaste, porque suspenden la urgencia sin aportar al vínculo tanto como prometen.
La desigualdad también está contenida en la situación de partida: unos arriesgan la vida para cuidar una propiedad mientras su dueño permanece en casa. El yate reúne así el privilegio de quien puede disfrutarlo y la exposición de quien necesita trabajar en él. La película dispone de ese contraste, aunque lo subraya hasta reducir el espacio para que el espectador establezca la relación. Algo semejante ocurre con las disputas entre las madres y su resolución: el impulso de reconciliar termina ordenando unas heridas que el propio relato presenta como persistentes. La catástrofe empieza a funcionar como garantía de entendimiento.
Contra el huracán mantiene el interés por la recreación del temporal y las actuaciones de Benny Emmanuel y Kristyan Ferrer, aunque la duración de la tormenta termina por desgastar la tensión. El conflicto entre los hermanos pesa menos: los diálogos explican demasiado y la reconciliación busca una emoción que sus acciones ya transmiten. Grau consigue que importe si los dos sobreviven, pero no logra que el desenlace familiar tenga el mismo peso. La película conmueve más cuando los hermanos se ayudan que cuando se explican.