2026-11-01

"Nadie nacerá en noviembre", de Carlota Brunetti, y "La luna del huérfano", de David Muchnik, son los dos primeros títulos

Infame Editora: una editorial que apuesta por la narrativa contemporánea

Una editorial también puede presentarse a través de las preguntas que sus primeros libros dejan abiertas. Qué hacer con las pérdidas cuando la vida no permite detenerse. Qué recibe un hijo de un padre al que apenas conoció. Cómo seguir cuando el cuerpo o la casa dejan de ofrecer refugio. Infame Editora comienza su recorrido en ese territorio: el de las experiencias que desbordan las explicaciones con las que intentamos ordenar lo que nos pasa.

La propuesta se concentra en la narrativa contemporánea y encuentra en sus dos primeras publicaciones una manera de precisar esa orientación.

Nadie nacerá en noviembre, de Carlota Brunetti, y La luna del huérfano, de David Muchnik, presentan personajes que atraviesan pérdidas sin disponer de una distancia desde la cual comprenderlas. En un caso, la vida continúa entre el consumo, el trabajo y los vínculos que se deshacen. En el otro, la muerte del padre abre una investigación que compromete la identidad de quien la emprende. La relación entre ambos libros permite leer el comienzo de un catálogo: el pasado persiste en los cuerpos, en los objetos y en las conductas.

Vivir sin tiempo para nombrar las pérdidas

Ambientada a fines de los años noventa, Nadie nacerá en noviembre sigue a Julia entre noches de sexo y cocaína, empleos que apenas permiten sostenerse y relaciones que no consiguen ofrecer continuidad. Su movimiento tiene algo de supervivencia: avanza porque detenerse tampoco garantiza encontrar una salida.

La tensión que propone la novela surge de esa convivencia entre intensidad y desgaste. Los encuentros se suceden, pero la compañía no equivale a un sostén. Hay actividad, decisiones y desplazamientos, aunque ese movimiento no necesariamente modifica las condiciones de existencia. Julia sigue mientras las pérdidas se acumulan.

El consumo forma parte de una trama en la que también intervienen el trabajo, los afectos y la dificultad para construir cierta estabilidad. Reducir ese recorrido a una conducta individual dejaría afuera las condiciones que lo atraviesan. La precariedad alcanza tanto los ingresos como los lazos: cuesta sostener un empleo, una amistad, un proyecto o la expectativa de que algo permanezca.

Las rupturas y las muertes introducen otra dimensión. El duelo requiere un tiempo que la vida de Julia parece negarle. Antes de que una ausencia encuentre palabras, otra experiencia reclama el cuerpo. Allí aparece una de las preguntas que sostiene el libro: qué ocurre con aquello que no llega a elaborarse y, sin embargo, sigue actuando.

Brunetti sitúa esa pregunta en una mujer cuya continuidad no puede confundirse sin más con una superación. Seguir también puede ser una manera de postergar el encuentro con lo perdido. Entre ambas posibilidades se despliega el conflicto de Julia.

La casa del padre y la persistencia del terror

En La luna del huérfano, David Muchnik parte de una muerte para interrogar una herencia. Un pizzero de más de cuarenta años, sin hijos y a punto de separarse, comienza a ocupar la casa de su padre, con quien apenas tuvo relación. Revisa sus pertenencias, habita sus espacios y se aproxima a una vida que desconoce.

La casa ofrece la posibilidad de un encuentro que ya no puede producirse entre ambos. Los objetos parecen guardar respuestas. Sin embargo, esa búsqueda cambia de sentido cuando el hijo encuentra un uniforme militar y decide ponérselo. El gesto desplaza la pregunta por quién fue el padre hacia otra que involucra al protagonista: qué significa ocupar su lugar.

La aparición del uniforme conecta la historia familiar con el horror de la última dictadura militar. La herencia deja de ser solamente una cuestión afectiva o material. También comprende las responsabilidades, los silencios y las formas de convivencia que hicieron posible la violencia.

El terror se introduce en situaciones de todos los días: una cena, un diario olvidado, la insistencia de una vecina. Esa proximidad tiene una consecuencia política. Lo que acecha no queda confinado a un pasado separado de la vida cotidiana; encuentra vías para manifestarse dentro de ella.

A medida que se desdibujan los límites entre la realidad y la pesadilla, la búsqueda del padre compromete al hijo. Vestir su ropa ya no es un ensayo de cercanía. Se convierte en una imagen de la transmisión: recibir algo cuyo alcance se desconoce y descubrir que esa herencia puede transformar a quien la recibe.

Los primeros libros de Infame se encuentran en ese punto donde continuar exige convivir con lo que todavía no tiene explicación. Julia carga pérdidas que no alcanza a nombrar; el protagonista de Muchnik entra en una casa cuyo pasado empieza a ocuparlo. Entre el cuerpo y la herencia, el sello esboza una línea de lectura: historias en las que aquello que parecía quedar atrás vuelve a intervenir en la vida.

Te puede interesar