Opinión
¿Es el arte sustentable un oxímoron?
Me quedó resonando la charla de ayer en Águila. Me interesó que se hablara de sustentabilidad, aunque entiendo que no es solo un problema de gestión. A veces queda sin abordar aquello de lo que los artistas más sabemos: la obra de arte, en tanto objeto, participa de una lógica extractivista.
Hablar de sustentabilidad en el arte contemporáneo suele ser un ejercicio de buenas intenciones y gestión cosmética. Pero rara vez se toca ese punto ciego. Bajo esa premisa, me pregunto si el «arte sustentable» no encierra una contradicción en los términos.
La filosofía y la ciencia ficción se encargaron durante años de tejer una hyperstition: una ficción que interviene en el mundo hasta contribuir a producir aquello que imagina. Ese tejido ayudó a orientar a la humanidad hacia el presente que habitamos. Es tal la intervención de la ficción en la realidad que, por momentos, parece que ya casi no encuentra nuevos mundos por imaginar.
Y me pregunto, como audiovisualista: ¿no seremos los propios artistas también perforadores? No puedo evitar llevarlo al cine. Pienso en esa escena de Digger, de Iñárritu, en la que el personaje de Tom Cruise habla ante el Parlamento y nos involucra a todos en la búsqueda de petróleo. La escena nos corre del lugar de espectadores. Hace tiempo persigo la idea de que el arte no está fuera del sistema extractivo: es su prueba empírica. La obra sin devoración no existe. Uso «devoración» porque «consumo» ya está gastado por el marketing.
Todo participa de una transformación del planeta que también puede destruirlo. Desde lo más arcaico hasta lo que llamamos inmaterial. El algodón que mencionaron ayer: antes de convertirse en lienzo, ya requirió agua, tierra, trabajo y transporte. Y, del otro lado, lo digital, esa nube que parece etérea: extracción de litio y cobalto, servidores y centros de datos que necesitan energía y refrigeración. No hay obra inmaterial. Hay desplazamiento de la huella.
La distopía puede vivirse con aire acondicionado. El fin del mundo deja de ser un relato futuro y se convierte en una curaduría del presente.
Y acá entra la inteligencia artificial. Una herramienta que se incorporó a nuestras vidas sin que hubiéramos resuelto cómo afrontar sus consecuencias. No creo que el problema sea que las máquinas tomen el control. El problema es que ofrecen convertirse en el asistente perfecto. El reemplazo no necesita ser apocalíptico: puede ser laboral. Y su costo ambiental queda fuera de la pantalla, lejos de la facilidad con la que pedimos una imagen o un texto.
Pero esto no es nuevo. Quizá desde la primera pintura rupestre el arte ya implicaba una forma de desgaste. Para dejar una imagen en una cueva hubo que obtener materiales, preparar pigmentos y encender fuego. La civilización también empezó con hollín en los pulmones.
Y el cine, que amo, nació de una alquimia que incluía el peligro: el nitrato de celulosa. La base de buena parte del cine clásico era inflamable y podía llevarse un archivo entero. Filmábamos sobre un soporte capaz de arder. Siempre trabajamos con componentes que podían dañarnos.
El planeta y la salud se volvieron dos significantes de sobreexposición comunicacional. Conciencia constante. Trabajé como publicista para Greenpeace y AnimaNaturalis y, en ambos casos, reconocí una lógica que me recordaba a McDonald’s: métricas, fast content, indignación empaquetada. El activismo también consume.
Spinoza me ayuda ahí: Deus sive Natura. No hay afuera de la naturaleza. No hay obra afuera de la naturaleza. Todo lo que hacemos es una modificación de la misma sustancia. La pregunta no es solo si contaminamos, sino qué grado de potencia le damos a esa modificación.
Y termino con Huysmans, con A contrapelo. En Des Esseintes, que intenta construir dentro de su casa una naturaleza superior a la que existe, encuentro una imagen de esa voluntad de intervenirlo todo. Su búsqueda permite pensar el artificio como una forma de agotamiento: querer reemplazar el mundo por otro hecho a la medida del deseo. Como si la naturaleza hubiera agotado la paciencia de los artistas. Nosotros no intervenimos la naturaleza: la citamos mal.
Quizá el único arte sustentable sea el que asume su propia imposibilidad de ser sustentable.