2026-10-25

Lanzamientos literarios

El crimen perfecto y la traición familiar: así es "Los huérfanos" de Carmen Mola

¿Hasta dónde llega la lealtad cuando el sospechoso de un crimen es tu propio padre? Ese es el nudo ciego en el que se debate Laura Pastor, la fiscal protagonista de Los huérfanos (Planeta), la nueva novela firmada por el trío de autores que escribe bajo el seudónimo de Carmen Mola (Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero). Un thriller que conecta sin escalas los callejones oscuros de Belfast con el lujo impune de la Costa del Sol.

Todo arranca con la detención de Trevor Strummer, miembro de "los Huérfanos": un clan mafioso nacido años atrás del pacto de tres chicos golpeados en un orfanato norirlandés. Pero lo que parecía un caso de narcotráfico más en Marbella pronto se convierte en una pesadilla personal. En la disputa por la droga no solo operan bandas locales; también está metido Alberto Pastor, el padre de Laura. Para la fiscal, avanzar en la investigación significa traicionar a su familia. Frenar implica aceptar que el apellido está por encima de la justicia.

Ahí radica el verdadero motor del libro. Laura pertenece a una familia que convirtió el silencio en su única forma de convivencia. Cuando la presión aumenta y la institución le queda chica, la fiscal empieza a investigar por su cuenta, jugando al límite y perdiendo el respaldo de la ley. Mola sabe construir esa sensación de encierro: la de una mujer que busca desesperadamente el control y que, con cada paso, se hunda un poco más en la red de la que intenta escapar.

Sin embargo, el engranaje no siempre funciona sin ruidos. Por momentos, las decisiones de la protagonista parecen responder más a la necesidad del libreto de meterla en problemas que a su propia lógica como fiscal experimentada. Esas imprudencias aceleran el ritmo, sí, pero le quitan credibilidad al personaje.

El libro también reflexiona sobre la violencia heredada: aquellos tres niños maltratados en Belfast terminan reproduciendo de adultos la misma crueldad de la que fueron víctimas, amparados en un clan que les da pertenencia pero les exige sumisión absoluta. El problema es cuando la narración justifica cada acto deleznable en un trauma del pasado, bordeando la idea de que la violencia es un destino inevitable y no una elección.

Marbella aporta el escenario perfecto: un lugar donde el lujo absorbe el dinero del narco sin hacer preguntas. La trama avanza a puro vértigo, administrando secretos entre la cárcel, testigos protegidos y secretos de pasillo. Pero el afán por conectar absolutamente cada cabo termina jugando en contra. Hay personajes que entran a escena únicamente para soltar una pista clave y salir, dejando poco espacio para respirar o para conocerlos más allá del peligro que enfrentan. Lo mismo ocurre con el exceso de violencia: cuando el castigo se acumula golpe tras golpe, el dolor pierde impacto y pasa a ser un mero trámite para saltar al capítulo siguiente.

A pesar de esos tropezones de fórmula, Los huérfanos cobra fuerza real cuando se enfoca en el duelo íntimo entre Laura y su padre. Es ahí donde el crimen deja de ser un expediente frío y se transforma en una grieta afectiva. Descubrir la verdad obliga a la protagonista a revisar sus recuerdos y sus lealtades. Cuando la novela se detiene en las esquirlas emocionales de esa traición, demuestra que la mejor investigación no es la que descubre al culpable, sino la que cambia para siempre la historia de quien busca la verdad.

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