2026-10-22

Salas

Crítica de "Clayface": el horror corporal de DC se queda sin historia

La película de James Watkins es técnicamente la tercera dentro del renacido “DCU” pero es autoconclusiva e inconexa con las demás. Trata sobre Matt Hagen (Tom Rhys Harries), un actor al borde del éxito – joven, apuesto, popular, recién nominado al Óscar – que lo pierde todo luego de un violento encuentro con un mafioso de ciudad Gótica: su rostro es desfigurado grotescamente, los medios lo crucifican, su fortuna desaparece y la industria lo abandona. Sin nada más que perder se somete a un tratamiento experimental que le permite regenerar su apariencia pero que también le deja secuelas horrorosas, transformando su cuerpo en algo amorfo, inestable, traicionero.

Holgadamente escrita por Mike Flanagan y Hossein Amini, la película es esencialmente un freak show montado entorno Hagen y los calvarios que vive en carne propia, la cual adquiere una composición de arcilla: su piel se derrite, su cuerpo se desarma, despide y absorbe trozos de sí mismo, se ve obligado a mutilarse, la sangre mana copiosamente. La violencia es cruenta y se escenifica con una creatividad entre cómica y morbosa (tolerable en gran parte por el hecho de que sus efectos sueles ser reversibles, cuando no catárticos).

La película no se cansa de reinventar los padecimientos de su antihéroe, aún si se queda execrablemente corta al lado de referentes del terror como La cosa (The Thing, 1982) y La mosca (The Fly, 1986), cuyas escenas más icónicas son liberalmente copiadas y homenajeadas. Pero el problema central de Clayface (2026) no es recordar mejores películas, sino más bien que es una historia temáticamente chata, sin mucha personalidad y con cierta esquizofrenia a la hora de definir exactamente el curso de la trama o la motivación del protagonista.

Hagen desvaría entre recuperar su carrera (de la cual sabemos poquísimo), arreglar su vida (de la cual sabemos aún menos), cobrarse venganza contra unos hampones demasiado genéricos para hacerse odiar, y delinear un tibio triángulo amoroso junto a la gentil doctora que lo trata (Naomi Ackie) y su novio policía (Max Minghella). Tantea y prueba un poco de todo pero nunca junta envión en una dirección definitiva y nada es desarrollado en gran profundidad. Escenificado cual clímax de una gran tragedia, el último acto es escabroso pero resulta algo vacío.

Rhys Harries humaniza intensamente todo lo que puede a su pobre monstruo, y comparte buena química con Ackie, mucho más allá de lo que el guión les da con qué trabajar. Clayface no tiene mucha más pretensión (o ambición) que ser una película decente, o suficientemente decente, sobre un monstruo que inspira asco y lástima, cuyo superpoder es lo mismo que su debilidad, y que impresiona aunque sea superficialmente.

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