Salas
Crítica de "Street Fighter": la película con Noah Centineo basada en el videojuego
Ambientada en 1993, Street Fighter (2026) reúne a Ken (Noah Centineo) y Ryu (Andrew Koji), dos luchadores cuya amistad quedó atravesada por la muerte de su maestro, Gouken (Don Lee). Tras siete años de distanciamiento, Chun-Li (Callina Liang) los convoca al Torneo Mundial que organiza el dictador M. Bison (David Dastmalchian), quien busca utilizar a Ryu en sus planes de dominación mundial. La competencia los obliga a retomar un vínculo marcado por la culpa y la rivalidad: enfrentar a Bison exige también resolver aquello que los separó.
La película apuesta por el caos y la exageración en combates cuyas coreografías remiten a la tradición del cine de artes marciales de Operación Dragón (Enter the Dragon, 1973). El resultado varía según cómo cada pelea articula los movimientos con la tensión entre los contrincantes. Algunas agotan su propuesta en la sucesión de golpes; otras aprovechan las referencias al videojuego para darles una identidad a los enfrentamientos y establecer una complicidad con sus seguidores. La diferencia está en cuánto consigue hacer con esos guiños: incorporarlos a la acción o confiar en que su reconocimiento alcance para sostener la escena.
Ken y Ryu construyeron sus vidas alrededor de una pérdida que ninguno consigue dejar atrás. Ken convirtió las artes marciales en un espectáculo que le procura fama y lo expone a las burlas de otros luchadores, pero ese reconocimiento no lo libera de medirse con su amigo. Ryu carga con la culpa por la muerte de su maestro y encuentra en el aislamiento una forma de evitar lo ocurrido. Mientras uno busca afirmarse ante los demás, el otro rehúye cualquier vínculo que lo devuelva a ese episodio. El torneo los reúne y pone en juego una reconciliación que exige revisar tanto lo que sucedió como las formas que encontraron para seguir viviendo.
Las secuencias animadas que reconstruyen el pasado de algunos personajes encuentran en el dibujo una forma de integrar sus historias al universo del videojuego. En esos pasajes, la exageración adquiere una coherencia que los efectos visuales de la acción real no siempre consiguen sostener. El guion, en cambio, acumula conflictos que luego abandona, desplaza a varios personajes sin resolver su participación y posterga hasta el tercer acto la función de otros. Esa falta de continuidad también afecta al humor: aunque el absurdo consigue algunas risas, varios remates interrumpen la tensión de las escenas sin surgir de las situaciones ni de las relaciones entre los personajes.
Pese a las tramas que deja sin resolver, Street Fighter encuentra en los combates y en la relación entre Ken y Ryu un eje que sostiene el relato. La reconstrucción de esa amistad da a las peleas algo que poner en juego más allá del resultado del torneo: la posibilidad de dejar de medirse con el otro y empezar a reconocerse en una pérdida compartida.