2026-10-08

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Crítica de "Los exiliados románticos": La educación sentimental de Jonás Trueba

En Los exiliados románticos (2015), Jonás Trueba retoma el amor como eje de su cine y lo vincula con una generación que encuentra dificultades para imaginar su futuro. Tras Los ilusos (2013), el director sigue a tres amigos treintañeros que viajan en una camioneta desde España hacia Francia para reencontrarse con las mujeres que desean. El desplazamiento les permite suspender sus rutinas y buscar en los afectos una razón para seguir adelante.

El título remite al libro de E. H. Carr sobre los exiliados rusos que, durante el siglo XIX, recorrieron Europa entre debates políticos, proyectos revolucionarios y pasiones amorosas. En aquellas vidas, la voluntad de transformar la sociedad convivía con el romanticismo. Trueba traslada esa tensión a la España en crisis: sus protagonistas emprenden el viaje sin un programa de cambio, pero con la necesidad de encontrar algo que dé sentido al presente. El amor ocupa ese lugar, aunque los encuentros también expongan su fugacidad.

El paso del blanco y negro de Los ilusos al color modifica la relación entre los personajes y el paisaje. Los contrastes cromáticos, la composición centrada y los encuadres fijos permiten reconocer afinidades con el cine de Wes Anderson. Sin embargo, aquí la organización del cuadro convive con conversaciones, esperas y gestos que hacen avanzar el relato sin someterlo a una sucesión de conflictos y resoluciones. El viaje importa tanto por sus destinos como por el tiempo compartido entre ellos.

La música vuelve a intervenir en la narración, como ocurre en otras películas de Trueba. Las canciones aparecen a través de una intérprete o de los propios personajes y abren un espacio donde los sentimientos encuentran una forma de expresión que el diálogo no siempre ofrece. Esas irrupciones suspenden el registro cotidiano y acercan algunos pasajes a una dimensión de ensueño, con ecos del cine de David Lynch.

Pero viajar no garantiza entenderse. El italiano, el francés, el español y el inglés circulan entre personajes que alternan la comprensión, el equívoco y la voluntad de sostener una conversación aun cuando algo se les escapa. La diversidad de lenguas pone en escena una distancia que excede las palabras: también dentro de una relación, hablar no supone conocer lo que el otro espera.

«No es lo mismo ser inmigrante que exiliado», dice uno de los protagonistas. La frase introduce una distinción que la película deja resonar, aunque el recorrido de estos amigos conserve el margen de elección de quienes pueden partir y regresar. Su exilio se construye, sobre todo, como una sensación de desarraigo: pueden desplazarse por Europa, pero no encuentran con la misma facilidad un lugar desde el cual proyectar sus vidas.

Los exiliados románticos desarrolla así una tensión entre la disponibilidad para viajar y la dificultad para avanzar. Bajo las conversaciones y los encuentros amorosos aparece una generación cuyo futuro ha quedado condicionado por la crisis. La búsqueda del amor funciona como una forma de responder a esa incertidumbre: si los proyectos colectivos pierden horizonte, todavía queda la posibilidad de acercarse a alguien. Trueba observa esa búsqueda sin asegurar que el encuentro resuelva el desamparo.

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