Gaumont
Crítica de "Los calvos": identidad, rumor y calvicie en el documental de Marcos Mossello y Elías Gismondi
En la localidad santafesina de Tostado, la gorra permanente de un vecino desata una investigación que nadie inició pero de la que todos opinan. ¿Por qué se cubre la cabeza? Entre el respeto fingido y el chisme, Los calvos (2026), el documental de Elías Gismondi y Marcos Mossello, parte de ese interrogante sobre la pérdida del cabello para observar cómo una comunidad entera construye la imagen de sus habitantes. El pelo funciona aquí como un preciso medidor del tiempo: permite repasar cómo era la juventud de cada uno, qué esperaban de la vida y qué les devuelve hoy el espejo.
Lejos de la clásica entrevista estática, la película cruza las anécdotas de la calvicie con las rutinas de trabajo de los protagonistas —fabricar helados, vender herramientas, jugar al básquet o cuidar animales—, mostrando que cada cabeza pertenece a un cuerpo con una historia real. El humor surge de las propias explicaciones que los hombres dan sobre su falta de pelo: culpar al secador o al casco militar se convierte en una necesidad humana de encontrar un origen a esa transformación incontrolable y de negociar con la propia vulnerabilidad.
Esa misma necesidad de retener la imagen juvenil atraviesa los testimonios sobre los costosos tratamientos e implantes capilares. Entre el deseo y el dinero, la película expone cómo la herencia familiar incluye tanto la propensión a la calvicie como el afán de corregirla, dejando al descubierto la urgencia de gustar y recibir aprobación social.
Aunque por momentos la estructura se demore en acumular anécdotas sobre el misterio inicial, Los calvos acierta cuando deja que la pregunta capilar derive hacia lo que el tiempo arrebata. En ese desplazamiento genuino se sostiene la película: entre bromas, intentos de arreglo y la aceptación rotunda, los protagonistas transitan el desafío de reconocerse en una imagen que cambió para siempre.