Gaumont
Crítica de “Retrato de un pianista”: documental sobre el músico Antonio Formaro
Retrato de un pianista (2026) sigue a Antonio Formaro en los ensayos, la concentración, las conversaciones, las dudas y ese tiempo suspendido que precede a la salida al escenario.
La elección resulta pertinente en el caso de Formaro, un músico que además de su trayectoria como intérprete desarrolló una intensa actividad docente y de investigación. Debutó en el Teatro Colón a los 17 años, recibió el Premio Konex 2019 como Pianista y desde 2017 integra la Mendelssohn-Gesellschaft de Berlín. Su tesis doctoral, dedicada a la obra pianística de Felix Mendelssohn, también da cuenta de una relación con la música que excede largamente la ejecución.
Porque el documental también abandona los grandes escenarios para acompañar a Formaro en la búsqueda de pianos olvidados en distintos puntos del país. Por ejemplo, cuando realiza el viaje al Teatro Brazzola de Chascomús. El piano aparece como una huella material de una historia musical que permanece escondida. La iniciativa se vincula con Las huellas del piano, proyecto que Formaro desarrolla desde 2016 para reconstruir la circulación de estos instrumentos y las historias asociadas a ellos.
Es allí donde Retrato de un pianista sugiere que retratar al músico también implica retratar aquello que escucha, busca y conserva. El piano como instrumento deja de ser solamente una herramienta para convertirse en un depósito de memoria. La madera, las teclas y las salas donde permanece abandonado adquieren un peso casi fantasmal. La música aparece entonces como una cadena de transmisión entre generaciones, pero también como una forma de rescatar aquello que el tiempo amenaza con convertir en silencio.
En otra línea narrativa más convencional, la película también acompaña a Formaro en los ensayos, el Teatro Colón, las clases, el programa radial y el concierto junto a la Orquesta del Teatro Argentino de La Plata. Pero el interés está en hacer visible el trabajo que precede a su actividad profesional. Una tarea silenciosa hecha de repetición, concentración y disciplina.
Nacci y Konieczny evitan así convertir a Formaro en un monumento y prefieren mostrar el esfuerzo que sostiene al intérprete. El viaje a Chile y la visita al Museo Claudio Arrau profundizan esta dimensión al establecer un diálogo entre maestros y generaciones, inscribiendo a Formaro dentro de una tradición interpretativa que excede las fronteras argentinas. La música es presentada, de este modo, como un legado que se recibe, se estudia, se interpreta y finalmente se transmite.
En ese sentido, el documental funciona mejor cuando observa que cuando explica. Más que explicar quién es Antonio Formaro, Retrato de un pianista intenta descubrirlo a través de aquello que hace y de los espacios que habita. Porque la película entiende que el verdadero retrato de un artista no está en su currículum, sino en la relación que establece con aquello que le da sentido a su trabajo.