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Crítica de "Hugo 24". película de Luc Knowles con Arón Piper
Hugo (Arón Piper) está por cumplir 24 años cuando el propietario del departamento donde vive con su hermana le da un día para pagar la deuda antes de desalojarlos. Sin trabajo ni ahorros, recorre el barrio madrileño de Tetuán junto con su amigo tratando de reunir el dinero. Luc Knowles organiza Hugo 24 (2026) alrededor de esa urgencia y encuentra en ella una manera de hablar sobre una juventud a la que la vida adulta le llega bajo la forma de una amenaza.
La situación obliga a Hugo a reaccionar, aunque durante buena parte de la película no parece contar con más recursos que su capacidad para improvisar. Su madre está en prisión, su relación de pareja se desarma y la convivencia con su hermana acumula reproches. La entrevista para trabajar en una inmobiliaria representa una posibilidad de empleo, pero también la fantasía de convertirse en otra persona: ponerse un traje, recuperar algo de la figura de su padre y alcanzar una estabilidad que hasta entonces solo conoce por sus apariencias.
Arón Piper compone al personaje desde esa mezcla de seguridad callejera y desorientación. Hugo conoce el barrio, sabe a quién acudir y puede sostener cierta despreocupación incluso cuando todo empieza a cerrarse a su alrededor. Lo que no sabe es cómo hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones. La película evita explicar su conducta únicamente como falta de madurez y la relaciona con un presente en el que tener trabajo tampoco asegura poder pagar un alquiler. Su dificultad para independizarse es personal, pero no excepcional.
Knowles acompaña la búsqueda con una cámara cercana y un ritmo que transforma el drama social en una carrera contrarreloj. Las calles, los comercios y los departamentos de Tetuán forman parte del conflicto porque determinan cómo viven y hasta dónde pueden moverse los personajes. La película incorpora además testimonios sobre el acceso a la vivienda para extender el problema más allá de Hugo, aunque ese recurso resulta innecesario: la amenaza del desahucio y la sucesión de trabajos precarios ya dicen lo suficiente.
La relación con su amigo, interpretado por Marco Cáceres, sostiene buena parte del recorrido. Entre ambos existe una complicidad que aligera la tensión sin desactivar el conflicto. Marta Etura y Greta Fernández permiten observar a Hugo desde otro lugar: no como víctima de las circunstancias, sino como alguien cuyas evasiones también afectan a quienes lo acompañan. La película gana espesor cuando deja de justificarlo y muestra el hartazgo producido por su manera de vivir.
La urgencia mantiene el relato en movimiento, pero también lo vuelve previsible. Cada encuentro introduce un nuevo obstáculo y algunos personajes quedan limitados a facilitar o complicar la búsqueda del dinero. Algo similar ocurre con el acercamiento al cine quinqui: hay motos, recorridos por el barrio, violencia y jóvenes empujados hacia los márgenes, aunque esa referencia se percibe más en la superficie visual que en la experiencia de los personajes. Hugo 24 encuentra una voz propia cuando se concentra en el vínculo entre el alquiler, el trabajo y la imposibilidad de planificar.
Hugo corre para conservar su casa, pero durante ese día también descubre que ya no puede seguir esperando que otros resuelvan su vida. Knowles no separa ese aprendizaje de las condiciones económicas que lo vuelven necesario. Allí está el conflicto que sostiene la película: Hugo debe hacerse responsable de sus actos, aunque la responsabilidad individual no alcance para corregir un sistema que convierte la vivienda y la estabilidad en privilegios.