2026-09-22

Salas

Crítica de “Su propio infierno”: Otra fantasía estilizada de Nicolas Winding Refn

Su propio infierno (Her Private Hell, 2026) es otro regodeo estético de Nicolas Winding Refn: fascinante en términos visuales, pero cada vez más difícil de sostener cuando se busca algo detrás de las luces de neón, los cuerpos y la estilización. En un mundo futurista, una joven llega para el rodaje de una película mientras una misteriosa presencia vestida de cuero acecha desde las sombras. A partir de allí, Refn construye una pesadilla que mezcla terror, ciencia ficción, melodrama y cuento de hadas, como si quisiera filmar todos sus fetiches de una sola vez.

Hay algo de Brian De Palma en la puesta en escena, de Dario Argento en el uso expresivo del color, de Mario Bava en la artificialidad de los decorados y hasta de David Lynch en esa lógica de sueño donde los espacios parecen existir más como estados mentales que como lugares concretos. También aparece el cine de yakuzas de Seijun Suzuki, mientras la estructura de cuento perverso remite a la literatura de Andersen. Incluso el título parte de una película británica de fines de los años 60 llamada Her Private Hell, que Refn descubrió junto con una novela de bolsillo de la misma época.

Pero hay una referencia que resulta especialmente significativa: Pino Donaggio. El compositor italiano, responsable de la música de Venecia rojo shocking (Don't Look Now, 1973) y de varias colaboraciones fundamentales con De Palma —Carrie (1976), Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980), El sonido de la muerte (Blow Out, 1981) y Doble de Cuerpo (Body Double, 1984)—, es quien pone música a este universo con una partitura orquestal, grandilocuente y deliberadamente melodramática. 

Como buen posmoderno, el cinesta danés entrega un cóctel visual sumamente atractivo, pero cuando se mete de lleno en el drama familiar el relato se vuelve tan enfático y sentimental que termina desbarrancando. La película parece pedir ser contemplada como una gigantesca broma cinéfila, un objeto de culto diseñado para quienes reconocen cada cita y disfrutan del exceso como fin en sí mismo.

Porque eso es justamente lo que Refn lleva aquí hasta el límite: su propio estilo convertido en objeto de contemplación. Chicas sexys ultra maquilladas, escenografías artificiales, cuerpos convertidos en fetiches, puesta publicitaria, colores saturados, violencia extrema y personajes que parecen salidos de una historieta son llevados hasta un punto en el que lo sublime y lo ridículo empiezan a confundirse. El director de Drive (2011), Sólo dios perdona (Only God Forgives, 2013) y El demonio Neón (The  Neon Demon, 2016) ya no parece interesado en esconder sus mecanismos: los exhibe, los exagera y, por momentos, directamente se parodia a sí mismo.

Refn filma como si estuviera construyendo una fantasía para fanáticos de Refn, una película donde la cita importa más que aquello que se está citando. Puede disfrutarse como un artefacto camp, una ópera pop de terror o una gigantesca broma sobre el propio cine del director. Pero si se le exige algo más que superficies, queda demasiado poco detrás de tanta luz.

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