Novela gráfica argentina
"El petiso orejudo": Caetano y Giribaldi reconstruyen la historia de Cayetano Santos Godino
La historia de Cayetano Santos Godino quedó reducida durante décadas a una fotografía, un apodo y una serie de crímenes. "El petiso orejudo "desplazó al nombre propio y convirtió al hombre en personaje policial. Alrededor de esa figura se acumularon diagnósticos, relatos carcelarios y explicaciones que pretendieron localizar la crueldad en su cuerpo.
Israel Adrián Caetano y Juan Giribaldi parten de esos materiales, pero no construyen una biografía destinada a resolver el enigma. El petiso orejudo tampoco busca descubrir qué había dentro de la mente de Godino. El libro se concentra en una vida atravesada por el abandono, la violencia y el encierro, sin presentar esas condiciones como una justificación de los asesinatos.
La distinción resulta central. Godino mató niños, intentó matar a otros e incendió edificios. Las víctimas no ocupan un margen de su historia ni funcionan como datos dentro del recorrido de un criminal. Al mismo tiempo, llamarlo monstruo no alcanza para comprender qué sucedió. Esa palabra clausura cualquier pregunta y ubica al asesino fuera de la sociedad que lo formó, lo observó y finalmente lo encerró.
Caetano y Giribaldi lo devuelven a esa sociedad. No para absolverlo, sino para mirar alrededor.
Una historia fuera del cine
Caetano pensó durante años en llevar la vida de Godino a la pantalla, pero encontró un límite en la crueldad de los hechos. La novela gráfica aparece como una respuesta a ese límite. No es el paso previo a una película ni la ilustración de un guion. El dibujo permite narrar sin reproducir cada crimen de acuerdo con las convenciones del policial o de las series sobre asesinos.
En las 128 páginas del libro no hay una intriga organizada alrededor de la identidad del culpable. El lector sabe quién es Godino y conoce el desenlace. El interés se desplaza hacia la forma de contar una vida en la que los hechos se resisten a quedar acomodados dentro de una explicación.
Allí interviene el trabajo de Juan Giribaldi. Sus imágenes no atenúan la violencia, aunque tampoco la representan de manera literal. Hay manchas, tachaduras, cambios tipográficos, dibujos superpuestos y fondos donde el rojo y el negro ocupan la página. Los materiales permanecen expuestos: se distinguen el lápiz, la pintura y la escritura manual.
Las palabras parecen discutirse a sí mismas. Algunas son anuladas, otras cambian de tamaño y ciertas frases avanzan en distintas direcciones. La página no funciona como una superficie ordenada, sino como un espacio intervenido. La historia de Godino no se presenta limpia porque tampoco lo son los discursos que intentaron explicarla.
Caetano trabaja con el montaje: decide el ritmo, los cortes y lo que permanece fuera de campo. Giribaldi responde desde la composición de cada página. El resultado conserva una relación con el cine, pero encuentra su forma en el cruce entre historieta, pintura, archivo y escritura.
Un cuerpo convertido en explicación
“El petiso orejudo” no es sólo un apodo. Es también una manera de convertir una característica física en identidad. Las orejas de Godino fueron utilizadas para reconocerlo, burlarse de él y sostener una relación entre su aspecto y sus actos. Incluso el relato sobre su mutilación en prisión, repetido con distintas versiones, forma parte de una tradición que buscó encontrar el origen del mal en una señal visible.
El apodo facilitó además el pasaje de la persona al personaje. Godino quedó incorporado a una galería argentina de criminales y leyendas urbanas. Su permanencia en la cárcel de Ushuaia alimentó historias que todavía circulan alrededor del antiguo penal. La distancia temporal completó la operación: dejó de ser un adolescente sometido a decisiones familiares, médicas y judiciales para convertirse en una figura que parece haber pertenecido desde siempre al archivo policial.
El libro altera esa perspectiva sin proponer una rehabilitación. Presenta a una persona con problemas de salud mental, sometida a maltratos y sin una red de contención. Después muestra al asesino. No establece una relación automática entre ambas dimensiones. Haber sufrido violencia no conduce de manera inevitable a ejercerla, del mismo modo que ninguna característica física puede explicar un crimen.
Lo que se observa es una sucesión de intervenciones fallidas. La familia castiga, las instituciones clasifican y la justicia encierra. Cuando el Estado finalmente se ocupa de Godino, ya lo considera un cuerpo que debe ser apartado.
Un relato sin respuesta final
El libro no explica por qué Cayetano Santos Godino mató. Esa ausencia puede incomodar a quien espere una biografía criminal ordenada mediante causas y consecuencias. Sin embargo, allí se encuentra una de sus decisiones centrales. Caetano y Giribaldi no inventan una clave psicológica que permita ingresar en una conciencia de la que se sabe poco.
Tampoco convierten la pobreza o el maltrato en una coartada. Muestran que los crímenes ocurrieron dentro de una sociedad concreta. Godino fue un niño golpeado, un adolescente encarcelado y un adulto que murió solo. También fue responsable de asesinatos que destruyeron otras vidas. El libro mantiene juntas esas afirmaciones sin intentar reconciliarlas.
La narración introduce preguntas allí donde la historia policial había establecido certezas. ¿Cuándo comenzó la condena de Godino? ¿En el momento de los crímenes, en los golpes recibidos durante la infancia o en la mirada que convirtió su cuerpo en una anomalía? ¿Qué hizo cada institución antes de decidir que la única respuesta posible era el encierro?
Cayetano Santos Godino no necesita una redención. Sus víctimas tampoco necesitan que se lo convierta en una criatura exterior a la sociedad para reconocer el daño que padecieron. Entre esas dos posiciones, El petiso orejudo construye un relato sobre el crimen y, sobre todo, sobre las formas utilizadas para narrarlo.