Festival de Cine de Toronto 2026
Crítica de “Amor es el monstruo”, película de l tico Neto Villalobos Brenes con Paulina García y Natalia Regidor
Desde su premisa, Amor es el monstruo (2026) se interna en una zona de conflicto: la distancia entre una abuela y su nieta no responde solo a una ruptura generacional, sino a un orden social que ha reorganizado sus prioridades alrededor del control. En ese mundo, el afecto debe atravesar listas de acceso, mascarillas, propiedades vigiladas y vínculos familiares quebrados.
Neto Villalobos Brenes evita explicar cómo se llegó hasta allí. El espectador conoce las reglas de ese presente distópico a medida que los personajes se someten a ellas, sin un contexto que traduzca cada amenaza. Esa decisión desplaza el interés desde la construcción del universo hacia sus consecuencias: importa menos comprender el funcionamiento del sistema que observar lo que produce en quienes intentan recuperar una forma de cercanía.
La tensión surge de acciones cotidianas. Una conversación, una partida de bingo o un trayecto en automóvil adquieren un sentido de amenaza. Villalobos prescinde de revelaciones y golpes de efecto; acumula el malestar mediante silencios, miradas y palabras medidas. Así, la película se mueve entre el thriller y el drama familiar sin quedar encerrada en las convenciones de ninguno de los dos géneros.
Paulina García sostiene el relato desde la contención. Su abuela no responde a la figura de la heroína ni a la de la víctima: es una mujer atravesada por el cansancio, la frustración y la necesidad de permanecer cerca de una niña que concentra buena parte de su sentido de pertenencia. García construye esa tensión entre firmeza y desgaste, entre el deseo de cuidar y la posibilidad de convertir ese cuidado en otra forma de violencia.
La relación con su hija, interpretada por Natalia Regidor, permite reconocer una historia familiar anterior al conflicto narrado. No hacen falta explicaciones retrospectivas: la distancia se expresa en la manera en que ambas mujeres se miran, se hablan y administran lo que callan. La película entiende que una fractura familiar también puede narrarse desde los gestos.
En su primer crédito en pantalla, Gloriana Vargas evita que la niña quede reducida a un objeto de disputa. El personaje posee reacciones, incomodidades y una percepción gradual de que el mundo adulto opera bajo reglas que no la protegen. Las escenas entre Vargas y García organizan el centro emocional del film. La niña no teme a su abuela, sino a aquello que la desesperación puede llevarla a hacer.
Amor es el monstruo coloca a una niña en medio de decisiones adultas que dicen actuar en su nombre, aunque pocas veces la escuchan. No utiliza esa situación como un ejercicio de crueldad, sino como el punto de partida para pensar cómo el miedo y la carencia pueden deformar el amor hasta volverlo tan peligroso como aquello de lo que pretende proteger.
La película pregunta qué puede hacerse por alguien amado y dónde termina el cuidado cuando ninguna alternativa evita el daño. Villalobos no ofrece una salida reparadora. En su lugar, deja al espectador frente a una contradicción: el amor puede ser refugio, impulso y amenaza al mismo tiempo.