2026-09-14

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Crítica de "Gracias, equipo": una sátira laboral del argentino Diego Núñez Irigoyen

Gracias, equipo (2026) convierte un retiro corporativo en una radiografía de las relaciones laborales atravesadas por el miedo al despido. Diego Núñez Irigoyen, director argentino premiado por División Palermo, parte del guion de Adolfo Valor y Cristóbal Garrido para poner en crisis una palabra repetida hasta el desgaste: “equipo”. La empresa la utiliza como promesa de pertenencia, aunque detrás de esa retórica solo existe una estrategia para enfrentar a los trabajadores y administrar el ajuste sin asumir responsabilidades.

La historia transcurre alrededor de Tío Mochales, una fábrica de quesos que alguna vez dominó el mercado español y ahora intenta esconder su decadencia detrás de una identidad familiar. Después de ser absorbida por una empresa de mayor escala, la compañía organiza un retiro rural para recuperar sus “valores tradicionales”. Sin embargo, los empleados pronto descubren que se prepara una oleada de despidos y que las actividades de integración serán utilizadas para evaluar quién continúa y quién queda fuera. Bicicletas, ejercicios grupales, ajedrez humano y guerra de quesos transforman la jornada motivacional en una competencia por la supervivencia.

La comedia surge de una situación reconocible llevada hasta el absurdo. Los responsables de la empresa hablan de cooperación mientras diseñan un sistema basado en el miedo, la competencia y la delación. La risa, entonces, convive con una inquietud concreta: detrás de esas pruebas disparatadas aparece un mecanismo laboral en el que los empleados deben justificar su permanencia como si perder el trabajo fuera una responsabilidad individual. Alexandra Jiménez, Maribel Verdú y Pedro Casablanc encabezan un elenco que acompaña el tono con interpretaciones inclinadas por momentos hacia la exageración, en sintonía con un universo donde todos actúan para conservar su lugar.

Gracias, equipo mantiene el movimiento y encuentra sus mejores momentos cuando observa cómo el lenguaje corporativo disfraza la violencia de una reestructuración. El problema aparece cuando deja de confiar en esa observación y conduce el desenlace hacia una moraleja que ya estaba contenida en el conflicto. Los personajes responden a posiciones previsibles y la sátira no avanza más allá de su planteo inicial. Queda una comedia negra de consumo inmediato, sostenida por el elenco y por una premisa cercana a la experiencia de muchos trabajadores, pero limitada por su necesidad de explicar aquello que ya había conseguido mostrar.

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