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Crítica de “A veces me entra tristeza, otras veces rebelión”: María Aparicio y el trabajo detrás de la postal europea
En A veces me entra tristeza, otras veces rebelión (2026), María Aparicio parte de una diferencia política: no es lo mismo ser extranjero que ser migrante. Mientras algunos pueden recorrer museos, investigar o filmar, otros quedan sujetos al trabajo, el salario y los documentos. La película observa esa desigualdad a través de dos argentinos en Madrid y se pregunta quién puede estar de paso y quién carece de la libertad para marcharse.
Eva Bianco interpreta a una cineasta que llega a Lavapiés después de presentar un cortometraje en Francia. En el Museo Reina Sofía conoce a Dante (Roger Koza), un historiador becado que investiga a Juan Bialet Massé y las condiciones laborales en la Argentina de comienzos del siglo XX. Entre caminatas, libros y conversaciones nace una amistad que evita el recorrido romántico. Los une la experiencia de mirar su país desde Europa y la incertidumbre sobre aquello que dejaron atrás.
Aparicio vuelve a confiar en aquello que define su cine: los silencios, los gestos y el tiempo necesario para que un vínculo encuentre su forma. Eva atraviesa Madrid sin un destino preciso; Dante organiza sus días entre la biblioteca, el supermercado y la lavandería. El museo, con sus pasillos, escaleras y salas, refuerza esa sensación de tránsito. Allí las guerras, las luchas sociales y las derrotas se transforman en obras que pueden contemplarse a distancia, mientras el trabajo cotidiano que sostiene la institución permanece fuera de la mirada.
La investigación de Dante modifica ese orden cuando sale de los archivos y se acerca a trabajadores migrantes. Mozos, cuidadoras y empleadas de limpieza hablan de jornadas extensas, salarios bajos e inestabilidad. El pasado estudiado en los libros encuentra una continuidad en el presente: cambian los países y las formas de contratación, pero el cuerpo del trabajador sigue siendo el lugar donde se ejecuta el ajuste.
En ese desplazamiento también reaparece la Argentina. Durante una conversación sobre el avance de Javier Milei surge la frase “hemos fracasado”, que expresa el desconcierto de una generación vinculada con la educación pública, la cultura y el Estado. Pronunciada en España, la afirmación adquiere otro sentido: los personajes pueden observar el país desde lejos, del mismo modo que parte del cine argentino debe buscar en becas, museos y coproducciones extranjeras las condiciones necesarias para continuar.
Sin embargo, compartir el desarraigo no coloca a todos en la misma situación. Eva y Dante disponen de tiempo para crear y pensar; los trabajadores entrevistados dependen de aquello que ganan y de la posibilidad de conservar sus empleos. La película vuelve visible esa distancia, aunque por momentos los testimonios parecen incorporados para confirmar la hipótesis de los protagonistas. Aparicio reconoce el riesgo y permite que esas voces alteren el rumbo del relato, en lugar de reducirlas a una ilustración de la precariedad.
El título, tomado de Milonga del peón de campo, de Atahualpa Yupanqui, reúne las dos fuerzas que atraviesan la película: la tristeza frente a una derrota que parece colectiva y la rebelión como posibilidad todavía incierta. Aparicio no transforma el malestar en consigna ni ofrece una salida. Su decisión consiste en enfrentar a quienes observan con el lugar desde el cual lo hacen. Allí la película encuentra su sentido y también su posición política: mostrar que mirar la vida de los otros solo importa cuando esa mirada obliga a revisar la propia.