El adiós a un maestro
Fallece Ricardo Roldán: un hombre que hizo del cine, el teatro y la enseñanza una forma de vida
Creador audiovisual, utilero, vestuarista, ayudante de arte, escenógrafo, fotógrafo, sonidista, chofer y docente, Ricardo Roldán nació el 12 de marzo de 1962 y murió el pasado 4 de septiembre de 2026. Vecino de Laferrere, tenía 64 años. Construyó una vida ligada al cine, el teatro, la televisión y la educación, siempre desde ese territorio muchas veces invisible que sostiene las producciones: el del trabajo detrás de escena. Fue de esos trabajadores que saben hacer un poco de todo, que encuentran una solución cuando parece que no la hay y que entienden que el cine, el teatro y la televisión son, fundamentalmente, trabajos colectivos. Su recorrido por el audiovisual argentino estuvo ligado a directores como Bruno Stagnaro, Gonzalo Calzada, Juan José Campanella, Rubén Mosquera y Eduardo Pinto, entre otros.
Uno de los primeros hitos de ese recorrido fue Okupas. En la serie dirigida por Bruno Stagnaro, que con el tiempo se convertiría en una producción de culto, Roldán trabajó como utilero y chofer, formando parte de aquel equipo que hizo de la precariedad una herramienta creativa. Era una producción en la que había que resolver, inventar, buscar y conseguir. Los objetos no aparecían mágicamente: había que salir a encontrarlos. En esa experiencia ya aparecía una de sus principales características: la capacidad de transformar lo cotidiano en material de trabajo y convertir las limitaciones en posibilidades.
Su recorrido lo llevó después a otros territorios y otras experiencias. Viajó a Jujuy junto a Gonzalo Calzada para filmar Mandinga - Siete Relatos Perdidos, una aventura atravesada por anécdotas que también habla de ese cine hecho con equipos pequeños, viajes, dificultades y una enorme dosis de compromiso.
El camino continuó hasta llegar a El secreto de sus ojos (2009), la película de Juan José Campanella que se convirtió en uno de los grandes éxitos del cine argentino y que en 2010 obtuvo el Oscar a Mejor Película Extranjera. En una producción de una escala completamente diferente a la de aquellos primeros trabajos, Roldán volvió a poner su experiencia al servicio de los detalles que construyen una película para crear una época y un mundo.
Pero su trayectoria no terminó allí. El cine fue apenas uno de los territorios en los que desplegó una experiencia que, con los años, encontraría otra forma de expresión: la enseñanza.
El teatro como otro territorio de creación
El teatro fue otro de sus grandes territorios. Su nombre aparece vinculado a numerosas obras y producciones en las que se desempeñó en diferentes áreas: utilería, escenografía, sonido, fotografía, visuales y realización. Entre ellas se encuentran Doña Petra parió en medio de la calle, Cartas a ninguna parte, Desechos Urbanos, Antinomia, La sutil debilidad del rey, La guerra de las cuatro batallas, Las putas de San Julián y El amor y la memoria.
Esa multiplicidad no era casual: formaba parte de una manera de entender el trabajo artístico en la que no había fronteras demasiado rígidas entre una disciplina y otra. Había que hacer lo que la obra necesitaba y él sabía cómo hacerlo. Ese conocimiento acumulado durante años encontró una dimensión todavía más profunda en la docencia.
Un maestro que enseñaba a mirar el mundo
Su trabajo como docente en la Escuela Técnica N.º 15 “Maipú”, donde fundó la emblemática Radio Maipú, fue una de las expresiones más profundas de su vocación. Allí pudo compartir con nuevas generaciones aquello que había aprendido en los sets de filmación, en los escenarios y en los equipos de producción. No solamente técnicas y conocimientos, sino también una manera de mirar y de trabajar.
Porque para Ricardo enseñar un oficio no parecía significar simplemente explicar cómo hacer algo. También era enseñar a resolver, trabajar en equipo, insistir cuando algo no sale y entender que detrás de una película, una serie, una obra de teatro o un programa de radio existe una enorme cantidad de personas cuyo trabajo resulta indispensable aunque casi nunca aparezcan en pantalla.
El testimonio de Ezequiel, uno de sus exalumnos, permite comprender hasta qué punto esa enseñanza trascendió las aulas. “Hoy se ha hecho eterno uno de los seres humanos más hermosos que he conocido”, escribió al conocer la noticia de su muerte. Y enseguida explica que Ricardo despertó en él las ganas de estudiar docencia y la convicción de que educar podía ser una herramienta para transformar la realidad.
Ezequiel recuerda esa pregunta que tantas veces aparece frente a cualquier aprendizaje: “¿Esto para qué me sirve?”. Él no caía en esa trampa de pensar que todo conocimiento debía tener una utilidad inmediata. Les mostraba que aprender también podía servir para “ser mejor persona, mejor amigo, mejor amante, más responsable con el otro; para imaginar, construir una propia utopía y reconocer también las utopías colectivas”.
Y ese quizás sea uno de los legados más difíciles de construir y, al mismo tiempo, de perder. Porque las películas quedan. Los créditos quedan. Las obras quedan. Pero también quedan las personas a las que uno enseñó algo. Los alumnos que siguieron su camino. Los compañeros que aprendieron de su experiencia. Las preguntas que despertó.
El oficio como legado
Ricardo Roldán perteneció a esa enorme comunidad de trabajadores del cine, el teatro y la televisión que rara vez son reconocidos por el gran público, pero que sostienen desde abajo el edificio de la creación artística. Por eso su muerte no significa solamente la pérdida de un trabajador del audiovisual argentino. También se va un compañero de oficio, un creador detrás de escena y, sobre todo, un maestro.
Ricardo hizo cine, televisión y teatro. Construyó objetos, escenarios, imágenes y sonidos. Pero también construyó algo mucho más difícil de ver y mucho más importante: personas capaces de imaginar que el mundo puede ser distinto.