2026-09-06

Teatro Ópera

Crítica de "STOMP": una maquinaria de ritmo, cuerpos y objetos cotidianos

Una escoba golpea el piso. Otra responde desde el extremo opuesto del escenario. Los movimientos se multiplican, los cuerpos comienzan a desplazarse y aquello que podría formar parte de una rutina de limpieza termina convertido en una composición colectiva. En esa transformación se encuentra el núcleo de STOMP: tomar objetos sin valor musical aparente y revelar el ritmo que contienen.

El espectáculo creado por Luke Cresswell y Steve McNicholas volvió a Buenos Aires después de recorrer más de 50 países y de permanecer durante casi tres décadas en el circuito Off-Broadway de Nueva York. Sin embargo, esos antecedentes importan menos que una pregunta concreta: ¿puede una propuesta nacida hace más de treinta años conservar su efecto frente a un público que ya conoce buena parte de sus procedimientos?

La respuesta no es uniforme, pero durante gran parte de la función es afirmativa. STOMP encuentra su fuerza cuando deja de exhibir destrezas individuales y convierte a sus ocho intérpretes en piezas de una maquinaria común. Cada golpe necesita del siguiente; cada pausa modifica lo que se escucha; cada cuerpo ocupa un lugar dentro de una estructura que combina percusión, danza y teatro físico. El resultado no depende únicamente de tocar rápido o fuerte, sino de saber cuándo interrumpir, esperar o permitir que otro sonido avance.

No hay personajes en un sentido tradicional, aunque los intérpretes construyen identidades a través de sus gestos y de la posición que ocupan dentro del grupo. Uno intenta imponerse, otro queda desplazado, alguno rompe la coordinación y convierte el supuesto error en una situación cómica. Es allí donde STOMP supera la condición de concierto. El ritmo no acompaña una historia: es la historia.

El humor cumple una función central. Aparece en las miradas, en las competencias y en la dificultad de ciertos integrantes para adaptarse a la disciplina colectiva. No necesita palabras porque trabaja con relaciones reconocibles: la autoridad, la rivalidad, la torpeza y el deseo de pertenecer. La risa surge de esas tensiones antes que de un remate impuesto desde afuera.

Tachos de basura, bidones, cajas, encendedores, palmas y pasos se incorporan de manera progresiva. Cada objeto propone una textura y también una nueva forma de ocupar el espacio. La iluminación permite seguir ese crecimiento, recorta movimientos y establece focos dentro de una escena atravesada por estímulos. El sonido puede verse porque siempre está ligado a una acción física.

Esa precisión constituye uno de los mayores logros de la puesta. Los artistas deben sostener el tempo mientras corren, cargan objetos, se observan y actúan. Nada parece quedar librado al azar, aunque la escena conserve una sensación de espontaneidad. El trabajo consiste, precisamente, en ocultar la estructura para que el público perciba un juego compartido y no una coreografía cerrada.

Pero el mecanismo también encuentra un límite. Una vez comprendida la lógica —un objeto aparece, se exploran sus posibilidades y la secuencia crece hasta alcanzar un estallido colectivo— algunos números prolongan una idea que ya había quedado planteada. La acumulación sustituye entonces a la sorpresa. Hay más volumen, más velocidad y más movimientos, aunque no necesariamente una nueva dirección.

La puesta recupera impulso cuando modifica esa relación y abre el juego hacia la platea. El público responde con palmas, reproduce patrones y pasa a formar parte de la composición. No es una participación decorativa: por unos minutos, la sala completa funciona como un instrumento dirigido por los intérpretes. Allí reaparece algo que ninguna grabación puede reproducir del mismo modo: la sensación física del sonido compartido.

STOMP ya no representa una ruptura. Su lenguaje fue absorbido por la publicidad, la televisión y otros espectáculos que encontraron música en utensilios, herramientas y residuos. Sin embargo, verlo en escena permite comprender por qué aquella idea consiguió permanecer. No alcanza con golpear objetos: hace falta construir relaciones, administrar el silencio y convertir la coordinación en relato.

La ovación de pie con la que terminó la función no respondió solamente al despliegue físico. Fue también el reconocimiento a una obra que sabe comunicarse sin explicar lo que está haciendo. Cuando evita la repetición y confía en el diálogo entre los cuerpos, STOMP deja de ser una demostración de percusión para convertirse en una celebración colectiva del ritmo. Allí, entre el ruido y el silencio, todavía encuentra su voz.

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