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Crítica de “CIN3 FILI4”: el amor y el cine como un diálogo interminable
En CIN3 FILI4 (2026), de Raúl Perrone, tres estudiantes argentinos de cine pasan la mayor parte del tiempo hablando sobre películas, citando directores y discutiendo estéticas, mientras intentan descifrar algo que parece escapárseles: qué sienten unos por otros y, sobre todo, qué siente ella por ellos.
Braulio, interpretado por Juan Gerlot, es quien expone con mayor claridad sus intenciones. Lleva una cámara a cuestas, filma a Ana cada vez que puede y apenas consigue ocultar que está enamorado de ella. Pero Ana, interpretada por Francina Adeff, no parece corresponderle del mismo modo. Es una joven de pelo corto y mirada esquiva que fuma con la misma naturalidad con la que cita a Godard y se mueve al ritmo de la música en los bares.
Su presencia en pantalla remite a las actrices de la Nouvelle Vague francesa, y Perrone no intenta disimular esa conexión. El flequillo, las faldas de tablas y los gestos que alternan la indiferencia con una fragilidad repentina: todo en Ana parece pensado para evocar a Anna Karina en aquellas películas de los años sesenta que definieron una forma de entender el cine y el amor como dos caras de una misma moneda.
El tercero en discordia es Leo, interpretado por Francisco Bereny, quien completa un triángulo amoroso que recuerda al de Jules y Jim, aunque trasladado a los bares y las calles de Ituzaingó. Leo parece más interesado en analizar películas que en poner en práctica cualquier experiencia vinculada con el amor. Mientras Braulio sufre y filma, Leo diserta. Ana, en medio de ambos, va y viene, sale a bailar con otro muchacho y observa a sus amigos con una combinación de afecto y distancia que los mantiene en suspenso.
Perrone, dueño de una filmografía desarrollada durante más de cuatro décadas de trabajo independiente, construye en CIN3 FILI4 una declaración de principios o, con mayor precisión, una declaración de influencias. La película acumula tantas citas explícitas que, por momentos, se aproxima más a un catálogo de referencias que a una historia con vida propia.
Allí están Godard, Cassavetes, Lubitsch, Pasolini, Murnau, Kiarostami y Jarmusch. También aparece Leonardo Favio, cuya Crónica de un niño solo los personajes van a ver a una sala de cine. Su presencia funciona como una de las conexiones argentinas dentro de un mapa de referencias dominado por el cine europeo.
El problema es que Perrone vuelve demasiado visibles esas influencias. Lo que en otros trabajos aparecía integrado a la narración, aquí se exhibe de manera constante. Los personajes citan nombres y títulos con una erudición que puede resultar verosímil en estudiantes de cine —quizás más en los de otras décadas que en los actuales—, pero que también convierte cada conversación en una clase de historia cinematográfica.
Aunque los diálogos encuentran momentos de humor e inteligencia, la acumulación de menciones termina por quitarle misterio a la película. Es como si el director no confiara en que el espectador pudiera reconocer por sí mismo las referencias y necesitara señalarlas de forma permanente.
En el plano visual, CIN3 FILI4 alterna entre el blanco y negro y el color de manera deliberadamente irregular. No existe una lógica uniforme detrás de los cambios de registro. La decisión parece responder al estado de ánimo de cada escena o a la libertad formal con la que Perrone organiza el relato.
Lo que permanece es la textura lo-fi y esa imagen levemente deformada que se convirtió en una marca de su cine. El director filma Ituzaingó con la misma perspectiva con la que otros retrataron París. Ese gesto de apropiación constituye uno de los hallazgos de la película: no se trata de copiar un modelo, sino de trasladarlo.
Los cafés de la margen izquierda del Sena se convierten en kioscos donde se sirve café en vasos de plástico. Las librerías de la rue Saint-André-des-Arts se transforman en los locales de la avenida Corrientes, donde los personajes hojean fascículos de la enciclopedia El Cine, de Salvat.
En un momento, la cámara viaja hasta el centro de Buenos Aires. Esa incursión en la Capital, poco habitual dentro de la obra de Perrone, produce un breve choque con la realidad. Durante el resto del metraje, la película transcurre dentro de una burbuja de conversaciones cinéfilas donde el amor se discute más de lo que se vive y las emociones aparecen condicionadas por las películas que los personajes han visto.
La distancia entre lo que sienten y lo que dicen sentir, junto con su incapacidad para expresar los afectos sin recurrir a una cita de Godard o Cassavetes, conforma el aspecto más sincero de la propuesta. Los personajes de CIN3 FILI4 representan a una generación que aprendió a hablar del amor viendo películas, pero que, cuando debe enfrentarse a la experiencia, se queda sin palabras.
Francina Adeff, en el papel de Ana, ocupa el centro gravitacional del film. Su presencia física, su manera de fumar, de mirar a cámara y de llorar sin una explicación inmediata remiten a la tradición de las actrices convertidas en musas por sus directores. Sin embargo, también existe en ella una distancia irónica que impide reducir al personaje a un objeto de deseo.
Ana no es solamente la joven de la que están enamorados dos amigos. También es alguien que observa esa dinámica con perplejidad, que acepta ser filmada, pero se resiste a quedar atrapada por la mirada de los demás.
A pesar de esos hallazgos, CIN3 FILI4 no consigue articular todas sus partes. Funciona por momentos, a través de fragmentos y escenas aisladas que tienen más fuerza que el conjunto. Las conversaciones sobre cine, destinadas a impulsar la historia, se vuelven repetitivas. La erudición de los personajes termina por desgastar los intercambios y la trama amorosa queda diluida entre referencias cruzadas.
Lo que sostiene la película es, al mismo tiempo, aquello que expone sus límites: la combinación de afecto y torpeza, una forma de hacer cine que prioriza la expresión por encima de la pulcritud y la persistencia de un director que continúa filmando las mismas calles y retomando sus temas. Como si el cine fuera un diálogo interminable consigo mismo, con su territorio y con los fantasmas de los cineastas que formaron su mirada.