2026-08-30

Centro Cultural de la Cooperación

Crítica de "Lucio y yo": un biodrama tan personal como honesto de José María Muscari

Hay algo incómodo en convertir la intimidad de un hijo en teatro. Lucio y yo conoce ese riesgo y decide no ocultarlo. José María Muscari escribe sobre la adopción de Lucio, un adolescente correntino de 16 años que vivía en un hogar y cuyo pedido público de tener una familia se volvió viral. Sin embargo, la obra comienza verdaderamente después de ese encuentro, cuando la noticia termina y aparecen la convivencia, las dudas y una paternidad sin instrucciones. Ese territorio menos visible es el que Muscari transforma en una suerte de biodrama familiar.

El texto nació del registro que el director escribió durante el primer año de convivencia y cuenta con la colaboración del propio Lucio. Este dato no resuelve todas las preguntas sobre la exposición, pero cambia el lugar desde el cual se cuenta la historia: el hijo no es solo objeto del relato del padre, sino alguien que interviene en su construcción. La obra tampoco presenta la adopción como el gesto de un adulto que rescata a un adolescente. Lo que muestra es a dos personas que llegan con historias, necesidades y expectativas diferentes, obligadas a aprender una forma de pertenencia que no estaba garantizada por el encuentro inicial.

Esteban Pérez y Máximo Meyer trabajan esa tensión sin intentar copiar a Muscari y Lucio. Entran y salen de sus personajes, hablan al público y dejan a la vista el procedimiento teatral. La ruptura de la cuarta pared, habitual en la estética Muscari, tiene aquí una razón que va más allá del estilo: recuerda que ninguna representación puede apropiarse por completo de una vida real. Pérez compone a un hombre sorprendido por su propio deseo de ser padre; Meyer evita convertir al adolescente en una figura pasiva y le da una presencia capaz de discutir, observar y marcar los límites del vínculo.

La puesta recurre a música, proyecciones y objetos domésticos para ordenar episodios de esa vida compartida. Por momentos, la cantidad de recursos amenaza con cubrir aquello que la obra tiene para decir. Es una tentación conocida en el teatro de Muscari: intervenir cada silencio antes de que el silencio empiece a incomodar. Pero Lucio y yo encuentra su tono cuando se detiene y deja a los actores frente a frente. En esos momentos, la paternidad deja de ser una idea y aparece como una práctica hecha de espera, negociación y miedo a equivocarse.

Tal vez sea lo mejor de Muscari en los últimos años porque, esta vez, su exposición no funciona como una estrategia de provocación. Hay una necesidad de comprender qué ocurrió cuando alguien que nunca había sido padre comenzó a ocupar ese lugar y un adolescente aceptó construir con él una familia. La obra no ofrece una respuesta definitiva ni convierte el amor en una solución automática. Su costado personal y sensible surge de reconocer que los vínculos también se forman con incertidumbre. Lucio y yo habla de una adopción concreta, pero termina preguntando algo que alcanza a cualquier familia: cuánto tiempo hace falta para empezar a sentirse parte de la vida del otro.

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