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Crítica de "Barreda": las víctimas recuperan la voz, pero no la película
Barreda (2026) parte de una decisión que define tanto su sentido como sus límites: desplazar a Ricardo Barreda del centro del relato para recuperar la historia de Gladys McDonald, Elena Arreche, Cecilia y Adriana, las cuatro mujeres que asesinó en 1992. Daniela Goggi se propone desmontar la figura del odontólogo humillado que circuló durante décadas y mostrar el mecanismo social, judicial y mediático que lo convirtió en personaje popular. La hipótesis resulta clara: detrás del mito del hombre maltratado hubo un femicida y cuatro víctimas silenciadas. Sin embargo, la película consigue corregir aquel enfoque sin encontrar una forma narrativa capaz de trascenderlo.
El 15 de noviembre de 1992, Barreda asesinó con una escopeta a su esposa, su suegra y sus dos hijas en la casa familiar de La Plata. Fue condenado a prisión perpetua en 1995 y murió en 2020, pero su figura sobrevivió como parte de una cultura que transformó el crimen en chiste, canción, estampita y mercancía. La versión de un hombre sometido a los desprecios de las mujeres de su familia desplazó la atención hacia sus supuestos padecimientos. Sobre esa distorsión trabaja Goggi: no para reconstruir solamente el hecho policial, sino para examinar cómo una sociedad terminó concediéndole al asesino el control del relato.
La narración alterna entre el juicio de 1995 y los episodios de la convivencia familiar anteriores al crimen. Luis Machín interpreta a Barreda; Carla Peterson, a Gladys; Mercedes Morán, a Elena; Maite Lanata y Margarita Páez, a Cecilia y Adriana. A través de los testimonios del acusado, la defensa, el fiscal y otros personajes vinculados con el caso, la película muestra la estrategia destinada a presentar al odontólogo como víctima de maltratos. Cada declaración abre paso a escenas del pasado que exponen la tensión doméstica, mientras el proceso judicial revela cómo los rasgos y conflictos de las mujeres fueron utilizados para construir una justificación.
Goggi evita la ambigüedad moral y presenta a Barreda como un hombre que administra sus palabras para imponer una versión conveniente. Machín sostiene esa composición sin recurrir al desborde: su personaje observa, calcula y se refugia en un papel de víctima que la sociedad está dispuesta a aceptar. Mercedes Morán trabaja sobre la incomodidad que provoca Elena sin convertir su carácter en una explicación del crimen, mientras Peterson encuentra en los silencios de Gladys una dimensión que el guion apenas desarrolla. Lanata y Páez aportan presencia a las hijas, aunque sus personajes disponen de menos espacio. Allí surge la contradicción central: la película promete devolverles identidad a las cuatro mujeres, pero continúa organizada alrededor de las palabras del hombre que las asesinó.
Barreda modifica el juicio histórico sobre el caso, pero no termina de transformar esa revisión en una experiencia cinematográfica. La estructura fragmentada carece de tensión y la puesta en escena adopta los códigos reconocibles del drama criminal de streaming sin asumir riesgos. Las actuaciones compensan parte de esas limitaciones, pero no resuelven la distancia entre la intención y el resultado. Goggi consigue impugnar la imagen del femicida convertido en héroe popular; lo que queda pendiente es conocer a Gladys, Elena, Cecilia y Adriana por fuera de la tragedia. Recuperan su condición de víctimas, aunque todavía no alcanzan a convertirse en protagonistas de su propia película.