2026-08-12

Bafilma

Crítica de "En busca del muñeco perdido": una aventura clase Z entre la nostalgia y la parodia

En busca del muñeco perdido (2016) combina el humor infantil y la parodia de Los bañeros más locos del mundo (1987) con el imaginario del cine de aventuras de los años ochenta que, décadas después, Stranger Things recuperaría como parte de su universo. El resultado funciona de manera intermitente: encuentra sus momentos cuando el disparate se impone, pero pierde ritmo cuando acumula situaciones.

El relato sigue a un grupo de amigos freaks, eternos suplentes de un equipo de fútbol barrial, que se embarca en la búsqueda del muñeco que, según la tradición, debe quemarse para despedir el año. El recorrido para recuperarlo se convierte en una sucesión de aventuras y gags, con apariciones de figuras reconocidas que refuerzan el carácter lúdico de la propuesta.

La película, dirigida por Hernán Biasotti y Facundo Baigorri, recupera varios códigos del género de aventuras. Desde el título, que funciona prácticamente como una declaración argumental —a la manera de Indiana Jones y el templo de la perdición—, hasta la construcción de un grupo lanzado a una misión, cercana al espíritu de Los Goonies (1985) o Cuenta conmigo (Stand by Me, 1986). También aparecen efectos especiales asociados con la magia y la fantasía, antes que con una interpretación surrealista de los acontecimientos.

Estos elementos se fusionan con una comedia paródica construida mediante sketches. Allí aparece también una de las limitaciones de la película: algunas situaciones funcionan por separado, pero pierden eficacia cuando se encadenan durante los ochenta minutos de metraje. Es un mecanismo que también puede encontrarse en Kapanga todoterreno (2009) y Dos locos en Mar del Plata (2009): el gag encuentra su potencia como unidad, aunque no siempre logra sostener el ritmo narrativo cuando debe integrarse al conjunto.

Sin embargo, Biasotti y Baigorri —junto con los guionistas José Saralegui, Ignacio Saralegui, Cristian Ponce, Matías Fabro y Mauricio Aché— conocen el cine que están evocando. No se limitan a reproducir sus formas: comprenden sus códigos, sus excesos y, sobre todo, la lógica artesanal que los sostiene. Incluso parecen entender ese universo mejor que algunos de sus propios creadores, cuyas películas alcanzaron una condición de culto difícil de reproducir de manera deliberada.

En busca del muñeco perdido sabe qué película quiere ser. Sus realizadores conocen el material con el que trabajan y convierten las restricciones presupuestarias en parte de su identidad. En lugar de ocultarlas, las incorporan a una celebración consciente del cine clase Z, donde la precariedad de los recursos puede convertirse en una forma de puesta en escena. Bienvenido sea.

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