2026-07-17

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Crítica de "St. Vincent": Bill Murray es un adorable huraño

¿Cómo no enamorarse a primera vista de Vincent (Bill Murray), a pesar de su ostracismo, su agresividad, su constante enojo y su eterno desprecio hacia todo el mundo que lo rodea?

St. Vincent (2014), ópera prima de Theodore Melfi, cuenta la historia de Vincent, un sexagenario solitario, alcohólico y recluido cuya vida cambia de un día para otro cuando una mujer divorciada, Maggie (Melissa McCarthy), y su hijo Oliver (Jaeden Lieberher) se mudan a la casa de al lado.

Desde el primer momento, el vínculo entre ellos está marcado por un profundo rechazo mutuo, hasta que la necesidad obliga a Maggie a dejar a su hijo al cuidado de Vincent. Sin tener la menor idea de cómo desempeñar ese rol, el anciano comienza a compartir las tardes con Oliver, enseñándole algunas lecciones sobre la vida y ayudándolo a enfrentar situaciones que, como recién llegado al barrio y a una nueva escuela, todavía no sabe cómo resolver.

Además de la relación que establece con Oliver y su madre, Vincent mantiene un vínculo con Daka (Naomi Watts), una bailarina exótica embarazada que, a cambio de dinero, mantiene relaciones sexuales con él una vez por semana. Entre los cuatro terminará consolidándose una dinámica tan peculiar como entrañable: una familia improvisada que, desde la carencia —de afecto, de dinero, de sensibilidad o de contención— encuentra la manera de sostenerse mutuamente. Esa relación cobrará aún más importancia cuando Vincent sufra un accidente, provocado por la visita de unos matones a quienes les debe una importante suma de dinero, que lo dejará postrado durante un tiempo y dependerá de ellos para salir adelante.

Hay otro personaje fundamental en esta historia de desconocidos que terminan conectándose por necesidad: la esposa de Vincent. Internada en un hogar de ancianos, atraviesa la etapa más dura del Alzheimer, y es a través de esa relación que la película revela la verdadera complejidad del protagonista y permite comprender el origen de muchas de sus actitudes. En paralelo, Oliver deberá realizar un trabajo escolar para su nueva escuela —católica, mientras él es judío— que, por distintos motivos, terminará teniendo a Vincent como eje central.

Theodore Melfi construye una historia entrañable que trasciende su premisa inicial. Lo hace apoyándose en un Bill Murray extraordinario, en una composición que recuerda al Jack Nicholson de Las confesiones del Sr. Schmidt (About Schmidt, 2002) y Mejor... imposible (As Good as It Gets, 1997), aunque llevada todavía más lejos. A su alrededor, un elenco secundario de gran nivel potencia cada escena y aporta el equilibrio emocional necesario para que el protagonista nunca resulte completamente insoportable. Si bien hacia el final algunas situaciones se precipitan y ciertas resoluciones parecen algo apresuradas, esos tropiezos no alcanzan a opacar el conjunto.

St. Vincent es una película sólida, entretenida y muy divertida, sin mayores pretensiones, que consigue sostener el peso de un personaje central profundamente antipático gracias a la carga dramática y humana de quienes lo rodean. Es una exploración sobre los vínculos, la familia, la religión y el sexo, pero, sobre todo, sobre la manera en que personas solitarias y desconocidas pueden convertirse, casi sin proponérselo, en el sostén emocional de los demás.

Bill Murray entrega una actuación memorable, de esas que permanecen mucho después de terminados los créditos. Su detestable y, al mismo tiempo, profundamente humano Vincent es uno de esos personajes destinados a quedarse por mucho tiempo en la memoria del espectador.

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