2026-07-13

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Crítica de "No tengo miedo": Ernesto Contreras y una infancia atravesada por el Mundial de 1986

No siempre el miedo nace de aquello que permanece oculto. A veces aparece cuando lo oculto deja al descubierto a quienes creíamos conocer. Esa es la operación que propone No tengo miedo (2026), la adaptación que Ernesto Contreras realiza de la novela de Niccolò Ammaniti, llevada previamente al cine por Gabriele Salvatores en 2003. La historia sigue a Miguel, un niño de diez años que vive en un pueblo de Veracruz durante el verano de 1986. Mientras el país entero concentra su atención en el Mundial de fútbol, él pasa los días recorriendo el campo con sus amigos hasta que encuentra a Felipe, un chico secuestrado y mantenido cautivo en un pozo escondido entre la maleza. El descubrimiento pone en marcha un thriller, aunque pronto queda claro que el interés de la serie no reside en revelar quiénes son los responsables, sino en observar cómo ese hallazgo transforma la mirada de un niño sobre el mundo adulto.

El traslado de la historia a México modifica el alcance del relato sin alterar su núcleo dramático. Contreras no convierte el contexto en un simple cambio de escenario. El Veracruz rural de mediados de los ochenta incorpora una dimensión social que dialoga con la narración desde el comienzo. La pobreza, el aislamiento y una comunidad donde todos parecen conocerse terminan configurando un espacio donde los secretos no sobreviven porque nadie los descubra, sino porque todos aprenden a convivir con ellos.

Esa idea también organiza la puesta en escena. Los caminos de tierra, los cultivos y los espacios abiertos no transmiten libertad. Por el contrario, adquieren una inquietud creciente a medida que Miguel comprende que el verdadero peligro no se encuentra en el bosque donde descubrió a Felipe, sino en las relaciones que sostienen la vida cotidiana del pueblo. Contreras evita convertir el miedo en un espectáculo visual. Prefiere construirlo desde los silencios, las miradas y la sensación de que la amenaza forma parte de una normalidad que nadie parece dispuesto a cuestionar.

El mayor acierto que deja entrever esta adaptación es el desplazamiento del conflicto. El secuestro nunca parece ser el tema central. Funciona como la grieta por la que empieza a resquebrajarse la infancia del protagonista. Miguel deja de buscar respuestas sobre el niño cautivo para empezar a preguntarse quiénes son realmente los adultos que lo rodean. En ese cambio de perspectiva, el thriller se transforma en un relato sobre la pérdida de la inocencia y sobre la forma en que una comunidad puede naturalizar la violencia hasta volverla invisible.

También resulta significativo que el Mundial de 1986 permanezca como un eco constante. Mientras millones de personas siguen los partidos, la serie dirige la mirada hacia aquello que ocurre lejos de las cámaras. Es inevitable que esa elección remita, aunque desde otro lugar, al Mundial de Argentina 1978, cuando el espectáculo deportivo convivió con una realidad que el régimen militar buscaba mantener fuera de la escena pública. No tengo miedo no establece ese paralelo de manera explícita ni convierte el fútbol en una alegoría política. Lo utiliza para recordar que los grandes acontecimientos colectivos también pueden funcionar como un fuera de campo desde el que permanecen invisibles otras violencias, otros silencios y otras historias.

Contreras no adapta la novela de Niccolò Ammaniti para reproducirla, sino para encontrarle un nuevo territorio y un nuevo sentido. El suspenso nunca se convierte en un fin en sí mismo: funciona como el dispositivo que expone las fisuras morales de una comunidad donde la violencia ha dejado de percibirse como una excepción. Por eso, el verdadero conflicto no pasa por descubrir quién mantiene cautivo a Felipe, sino por acompañar a Miguel en el momento en que comprende que el miedo no siempre llega desde afuera. A veces tiene el rostro de quienes le enseñaron a confiar.

 

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