2026-06-09

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Crítica "El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos": Las águilas llegan

Canta, oh musa, todas las superfluidades que fue necesario inventar para completar 474 minutos de duración total. No se trata de negar la libertad del guionista para sumar o suprimir elementos en una adaptación, sino de exigir que el resultado conserve una unidad dramática. En El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos (The Hobbit: The Battle of the Five Armies, 2014) muchas de las situaciones funcionan más como cambio suelto que como partes orgánicas de un mismo cuerpo narrativo.

Ahí están las escenas de Gandalf (Ian McKellen) y su particular Liga de la Justicia, librando combates en un frente que no dialoga con el conflicto central. Están también las reiteradas secuencias de Bardo el arquero (Luke Evans), empeñado en confiar una y otra vez en el servil Alfrid —personaje inexistente en el texto original—, una rutina que no aporta a la trama ni encuentra resolución. Y está Tauriel (Evangeline Lilly), cuya relación con Kili (Aidan Turner) parece existir únicamente para justificar un paquete de “acción, aventura y romance” que la película se empeña en subrayar.

Conviene recapitular. Al final de la segunda entrega, Smaug volaba hacia Esgaroth para arrasarla. La tercera película abre con la incineración de la ciudad, resuelta con tal rapidez —antes incluso de los títulos— que resulta inevitable preguntarse por qué Peter Jackson no convirtió ese episodio en el clímax del film anterior, en lugar de cerrar con un final a medias. Tras la devastación, los sobrevivientes marchan hacia Erebor para reclamar su parte del tesoro, mientras Thorin (Richard Armitage), consumido por la codicia, se atrinchera dispuesto a defender hasta el final el reino recuperado.

Nunca hubo una verdadera necesidad de dividir el relato de El Hobbit en tres partes. El libro apenas supera las 300 páginas y la Batalla de los Cinco Ejércitos ocupa solo cuatro. En el cine, ese episodio se estira hasta unos 45 minutos de acción dominada por imágenes digitales, menos contundente que el asedio de Helm’s Deep en El Señor de los Anillos: Las Dos Torres (The Two Towers, 2002) o la Batalla de los Campos de Pelennor en El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (The Return of the King, 2003).  Donde aquellas batallas movían ejércitos con una lógica espacial reconocible, aquí la épica se fragmenta en proezas individuales, cada vez más cercanas al gesto superheroico. Si antes Legolas tenía un momento destacado por película, ahora todos los personajes parecen reclamar su turno de gloria acrobática.

Todos, menos Bilbo. La película parece olvidarlo, y uno casi también. Martin Freeman compone no solo al mejor Bilbo, sino al hobbit más logrado del universo cinematográfico de Tolkien, y resulta llamativo que quede relegado en la entrega que lleva su nombre. A esta altura, el verdadero protagonista de la trilogía es Thorin: su arco es más claro y está mejor delineado que el de Bilbo. Ambos actores sostienen escenas de notable intimidad, rápidamente sepultadas bajo la pirotecnia visual.

¿Qué más decir de Jackson? Su primera trilogía lo consagró como uno de los grandes estrategas del cine épico: su manejo del espacio, el movimiento y la masa rivaliza con el de D. W. Griffith o Sergei Eisenstein. Esta segunda trilogía, distinta en tono y en ambición, exhibe con mayor claridad sus costuras, pero mantiene un nivel de espectáculo que confirma su dominio del género. Puede que El Hobbit no haya encontrado la mejor forma posible en su traslado al cine, pero su cierre, aun con excesos evidentes, conserva la capacidad de entretener que definió a las entregas anteriores.

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