Gaumont
Crítica de "Nuestros días en mi memoria": Estelares y la nostalgia de un país atravesado por canciones
Nuestros días en mi memoria (2026), dirigido y escrito por Gonza López, construye un rockumental que encuentra en el archivo y en la palabra de sus protagonistas una forma de volver sobre la historia de la bandasin caer en la lógica celebratoria del éxito. Más que ordenar una cronología de discos y recitales, la película intenta responder cómo una banda nacida en La Plata atravesó los años noventa argentinos mientras buscaba sostener una identidad propia en medio de crisis económicas, transformaciones culturales y una industria musical que exigía otros códigos. Desde sus primeras escenas, el documental deja en claro que la historia de Estelares no puede separarse de la ciudad que la vio crecer. La Plata aparece entonces no sólo como territorio físico sino como una forma de sensibilidad donde convivían el rock, la literatura, la vida universitaria y cierta melancolía urbana que todavía atraviesa las canciones de Manuel Moretti.
En ese recorrido, el film adopta una estructura clásica de testimonios a cámara, aunque el recurso encuentra espesor en la manera en que expone a los músicos en primer plano, casi sin mediaciones. Moretti, Torio Bertamoni y el resto de la banda reconstruyen recuerdos marcados por recitales mínimos, viajes interminables y un contexto social que condicionaba cualquier posibilidad de expansión. A su vez, el montaje articula imágenes de conciertos, fotografías gastadas, registros domésticos y fragmentos de época que funcionan menos como apoyo ilustrativo que como restos materiales de una escena cultural determinada. Allí aparece uno de los puntos más sólidos del documental: entender que la historia de Estelares también habla de una generación atravesada por el final de siglo argentino, donde el deseo artístico convivía con la precariedad cotidiana.
Esa relación entre música y territorio atraviesa toda la película. La Plata deja de ser apenas el lugar de origen de la banda para convertirse en un personaje silencioso que organiza el relato. Los bares, los circuitos under y los espacios culturales aparecen como núcleos de intercambio donde convivían cine, pintura, poesía y rock. El documental conecta ese entramado con las letras de Estelares, construidas a partir de referencias literarias, cinematográficas y sentimentales que terminaron definiendo una identidad reconocible dentro del rock nacional. En ese punto, Nuestros días en mi memoria propone una hipótesis clara: la banda logró sostenerse en el tiempo no por adaptarse a las demandas del mercado sino por insistir en una manera particular de escribir canciones, incluso cuando el contexto empujaba hacia otro lado.
También desde lo visual el documental acompaña esa transformación. Las primeras secuencias trabajan con materiales deteriorados, encuadres inestables y una iluminación opaca que remite a los comienzos de la banda y a cierta sensación de deriva propia de los noventa. Sin embargo, a medida que avanza el relato, la imagen encuentra mayor claridad y estabilidad, acompañando el crecimiento artístico del grupo. El sonido, por su parte, ocupa un lugar central porque las canciones no aparecen únicamente como fondo musical sino como marcas emocionales y temporales capaces de ordenar los recuerdos. Cada tema funciona como una puerta de entrada hacia una etapa distinta de la historia narrada.
Es justamente cuando el documental abandona el homenaje cerrado sobre la banda y se abre hacia una lectura más amplia sobre el rock argentino de fin de siglo donde encuentra sus momentos más consistentes. Allí deja de ser únicamente un recorrido biográfico para transformarse en un retrato sobre las formas de producción cultural previas a la lógica digital y sobre los vínculos entre canciones, memoria y territorio. Aunque por momentos la mirada afectiva limita la aparición de contradicciones internas o zonas menos luminosas dentro de la historia del grupo, la película consigue algo menos frecuente: convertir la nostalgia en una herramienta de reconstrucción cultural antes que en un simple ejercicio de evocación.