2026-04-24

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Crítica de “Machado”: Heridas familiares, el peso de un apellido y las marcas del pasado

La historia de los Machado parece escrita para una telenovela argentina. Y, de hecho, durante 1980 y 1990, el apellido fue parte habitual de la televisión local gracias a figuras como Rodolfo Machado y sus hijos, presentes en ficciones populares como Celeste, Rosa de lejos o Muñeca Brava. Pero detrás de esa exposición permanente existía una familia corroída por internaciones psiquiátricas, adicciones, ausencias y vínculos atravesados por décadas de desgaste emocional.  

Con Machado (2026), Julián Tagle -nieto de Rodolfo e hijo de Marta Machado- se suma a la larga tradición del documental autobiográfico argentino, pero él logra escapar del narcisismo solemne que suele dominar ese formato. Construye un relato que encuentra en la intimidad familiar un territorio incómodo, caótico y profundamente sensible. Lejos de la nostalgia complaciente o del homenaje clásico, el director utiliza el documental como una herramienta para entender el peso del apellido que heredó y las marcas emocionales que definieron su crianza.  

El hallazgo de una caja llena de VHS con grabaciones de novelas protagonizadas por Rodolfo Machado le permite a Tagle construir el recurso más interesante de la película. El archivo no aparece como simple material nostálgico ni como ilustración televisiva del pasado: las escenas melodramáticas dialogan con el presente familiar de manera inquietante, como si aquellas ficciones exageradas hubieran terminado contaminando la vida real. En el montaje, los rostros jóvenes y sobreactuados de la televisión noventosa chocan contra cuerpos envejecidos, internaciones y conversaciones marcadas por el agotamiento.  

Uno de los principales aciertos del documental está en la manera en que Tagle decide filmar la intimidad: la cámara permanece demasiado cerca, incluso cuando parecería conveniente apagarla. Hay una insistencia casi compulsiva por registrar cada conversación incómoda y cada desborde emocional familiar. Esa cercanía puede resultar asfixiante, pero también le da a Machado una honestidad brutal que evita tanto el golpe bajo como la estetización del sufrimiento.  

La salud mental atraviesa toda la película como una herencia imposible de esquivar. Marta -internada desde hace más de veinte años en distintas instituciones psiquiátricas. se convierte en el núcleo emocional del relato, especialmente en las escenas donde Tagle la visita y decide exponerse también a sí mismo frente a cámara. Pero la película nunca transforma esos episodios en una explicación simplista y sugiere que el deterioro emocional familiar no responde a un único origen, aunque el peso de Rodolfo -su ludopatía, sus ausencias y el derrumbe económico que dejó detrás- aparece como una sombra persistente.  

Por momentos, parece una película incapaz de ordenarse a sí misma. Tagle abre constantemente nuevas líneas familiares, recuerdos y conflictos que amenazan con dispersar el relato. Sin embargo, esa acumulación termina siendo coherente con el propio universo que retrata,  donde nada termina de cerrarse, donde las conversaciones quedan por la mitad y donde el caos emocional funciona como lenguaje cotidiano.  

Sin mostrar una intención de encontrar respuestas, Tagle parece filmar Machado para entender cuánto daño puede sobrevivir dentro de una familia sin terminar de destruirla mediante heridas que a día de hoy continúan a flor de piel.

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