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Crítica de "Juana": Daniel Giménez Cacho y una estructura que tensiona el relato
Daniel Giménez Cacho elige contar esta historia en su ópera prima como director y construye un tono que se desplaza entre el thriller y lo onírico. La puesta combina elementos de tensión con pasajes que remiten a la ensoñación, generando momentos de incomodidad y una atmósfera que acompaña el recorrido de su protagonista.
Juana (2025) se sitúa en la Ciudad de México y sigue a una periodista atravesada por una vida marcada por el aislamiento y experiencias que ha intentado relegar durante años. Trabaja en el archivo de un periódico y mantiene una rutina que incluye visitas a su madre, internada en una residencia con un cuadro de demencia. Ese orden se altera cuando reaparece el nombre de un político vinculado a una red de explotación infantil y asociado a los asesinatos de su pareja y de un colega con quienes investigaba el caso.
A partir de ese punto, el relato avanza hacia la confrontación. La protagonista decide retomar una investigación que implica exponerse y revisar su propia historia. La película articula así distintos niveles de violencia, desde lo personal hasta lo estructural, incorporando problemáticas como el feminicidio, la persecución a periodistas y la impunidad.
El dispositivo narrativo introduce una lógica fragmentada en la que los recuerdos, las imágenes mentales y los hechos presentes conviven sin una delimitación clara. Esa decisión formal vuelve exigente el seguimiento del relato. La progresión no es lineal ni explicativa, lo que obliga al espectador a reconstruir la información a partir de indicios. En ese proceso aparecen zonas que no terminan de integrarse y líneas narrativas que quedan abiertas.
Aun con esas tensiones, la película sostiene su eje central: el cruce entre lo íntimo y lo político. La figura de Juana se configura desde la experiencia de la supervivencia más que desde la épica, y su accionar se inscribe en un contexto donde la violencia no es un hecho aislado sino un sistema que condiciona trayectorias.
En el plano interpretativo, el trabajo del elenco se apoya en una dirección que privilegia la contención. Diana Sedano sostiene el peso del relato desde una composición centrada en la interioridad del personaje. Margarita Sanz construye a la madre desde un registro que oscila entre la pérdida de memoria y la presencia física, mientras que el resto del elenco aporta matices que completan el entramado.
La película propone una lectura sobre la memoria como herramienta de confrontación y sobre la verdad como forma de intervención. En ese marco, la historia se posiciona en un territorio donde el pasado no se cierra y donde la acción implica asumir consecuencias.